1 de marzo 1937 – 1 de marzo 2017. por Fernando Ornat

La Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro soñada por Fernando Beltrán Ciércoles, primer Hermano Mayor de nuestra historia, cumple hoy ochenta años de vida.

‘La Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, constituida en Zaragoza el 1 de marzo de 1937 como primera cofradía filial de la M.I.A. y Real Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de Misericordia, erigida canónicamente por el Arzobispo de Zaragoza el 7 de abril de 1938 y que completó su advocación en 1941 con la leyenda: ‘Y del Santo Sepulcro’, es una asociación pública de fieles con su propia personalidad jurídica’. (Estatutos de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro. Artículo 1º.)

Aquel sueño que soñó Fernando Beltrán Ciércoles en 1935 y que arrancó el 1 de marzo de 1937 junto a sus amigos Mariano Sanvicente Bernal, Luis Peclós Matud, Carmelo Zaldívar Arenzana, Luis Sanz Hernández, Pedro Herrando Herrero y Clemente Morón Franco, cumple en el día de hoy ochenta gloriosos años de vida. Gracias a ellos, al resto de hermanos fundadores, nuestros consiliarios y a quienes estuvieron en las primeras y difíciles horas, gracias a los diecinueve Hermanos Mayores que desde don Fernando Beltrán han asumido cada cuatro años hasta hoy la responsabilidad de dirigir los destinos de nuestra cofradía, gracias a todos y cada uno de los hermanos que han formado parte de las sucesivas Juntas de Gobierno y Consultivas y, sobre todo, gracias a todos los cofrades que día a día, año a año, durante ocho magníficas décadas, han ido engrosando nuestras filas, la cofradía mantiene incólume el espíritu y el empuje inoculado por sus fundadores. Aquellos que el 1 de marzo de 1937 hicieron realidad un sueño sin final: la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro. ¡Felicidades!

Fernando Ornat.

 

Si pudiera mi pañuelo,
de albo y purísimo lino,
limpiar el rostro divino
de tu Hijo, de Jesús,
que, maltrecho en tus rodillas
descansa, Madre angustiada,
de la muerte atormentada
que sufrió por mí en la Cruz…

Si pudiera mi pañuelo,
mojado en mi llanto ardiente,
despejar tu pura frente,
Señora de la Piedad,
y dejarla liberada
de ese nimbo doloroso,
que te asedia con acoso
colmándote de ansiedad…

Si pudiera mi pañuelo
convertir las ansias mías
de unas apetencias frías
en un milagro real…

Mi alma entera yo pondría
en mi pañuelo de lino,
envidiándole el destino
de hacerte olvidar tu mal.

                Antonio Blasco del Cacho (1948)