Un vía crucis al estilo de la Piedad

El Viernes de Dolores Zaragoza estrena Semana Santa. O más bien el Cabildo Metropolitano anuncia su intención de vivirla con recogimiento, con la austeridad nunca exenta de brillantez que caracteriza la Semana Santa aragonesa. Para ello, para anunciarlo públicamente, volvió a organizar un vía crucis solemne que, saliendo de la basílica del Pilar, recorrería su monumental plaza en una manifestación magnífica de fe seguida por una multitud creciente de fieles. Al menos así estaba escrito el guión previo. La meteorología –que nos previene de una semana complicada- se encargó de torcer el plan: llovió. Y por momentos, mucho. Este incidente –el aguacero-, obligó a variar el escenario para convertir este vía crucis en un asunto de puertas para adentro: cambiamos la plaza a cielo abierto, por los interiores del museo sacro inigualable que es nuestro Pilar. Y resultó extraordinariamente conmovedor contemplar el caminar cadenciosos de nuestro Santísimo Cristo por el lugar sacrosanto que representa el epicentro de la fe del pueblo aragonés, hasta llegar a los pies de la Virgen del Pilar camino del Altar Mayor.
Frente a frente, el Hijo y la Madre. Quien no tuviese la ocasión de asistir, se perdió uno de esos momentos mágicos que siempre se esconden entre los recovecos más inesperados de nuestra cofradía. Por eso conviene no andar lejos cuando la Piedad se propone algo, o corremos el riesgo de lamentarlo. Pero volvamos al desarrollo del vía crucis, y a su protagonista que fue, un año más, el Santísimo Cristo de la Piedad –que así se llama-, propiedad del Refugio y que este año celebra setenta y seis años caminando por Zaragoza a hombros de los cofrades de la Piedad acompañando a la Madre en la inigualable madrugada del Viernes Santo. Los mismos
hombres, los mismos hombros, que, una semana antes, en la noche del Viernes de Dolores mecen y bailan con idéntico fervor al Cristo estación tras estación en el incomparable marco de nuestro Pilar. Es ya, éste del Cabildo, un vía crucis asentado y esperado en la ciudad, al que felizmente nuestro queridísimo don Antero nos unió tal vez de manera irremisible. Y no es razón menor de su arraigo entre los zaragozanos el hecho de que sea la cofradía de la Piedad
la encargada de organizarlo, llevarlo a cabo, lucirlo y rezarlo. El estilo resulta ciertamente
inconfundible y no sólo por los atributos o por la delicada belleza del propio Cristo. También las formas, las maneras, la seriedad, el movimiento, la sobriedad o la elegancia resultan reconocibles: es la cofradía de la Piedad paseando con amor y orgullo a su Cristo por el Pilar.
¿Habrá algo más bonito en el mundo?

Fernando Ornat.

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