Entrevista a Enrique Octavio. “No debemos mirar eternamente hacia atrás, sino hacia delante”

Enrique Octavio Sanz es el número uno de la larguísima lista de cofrades de la Piedad. Un honor en el que únicamente le han precedido cuatro nombres históricos. En esta entrevista nos descubre cómo era la Piedad de los primeros años o los perfiles humanos de los hombres que imaginaron e hicieron posible esta maravillosa realidad. Nos habla de la importancia de respetar la  tradición en tiempos de cambios pero nos ofrece desde la atalaya de su experiencia y de su bondad un sabio consejo: “La Piedad nunca ha sido una cofradía inmovilista, todo lo contrario. Por eso nuestra obligación es estar continuamente empezando”

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–10 de marzo de 1942. Esta fecha figura como el día en el que Enrique Octavio Sanz ingresó en la cofradía de la Piedad de la mano de su padre. Un vistazo al calendario indica que han transcurrido más de setenta y tres años desde aquel 10 de marzo.
–¡10 de marzo de 1942…! ¿Tanto tiempo ha pasado? Yo tendría entonces doce años… En realidad no tengo un recuerdo nítido de esos primeros años. Recuerdo a gente, a personas, a los amigos de mi padre que eran cofrades y que venían a casa antes de la procesión… De hecho creo que tendría unos veinte años cuando ya tengo conciencia de ser protagonista, ya tenía mis amigos, mi grupo. ¡Y llevaba al Cristo!

–En 1942 la Semana Santa era una cosa de gente adulta. ¿Cómo percibía un niño de los años cuarenta toda aquella obra que empezaba a crecer ante sus ojos?

–Era como un estigma que llevabas en tu corazón y en toda tu vida: ¡Éramos de la Piedad! Era un honor, algo grande. Te pongo un ejemplo: yo iba a los Escolapios y en aquellos años se fundó la cofradía del Prendimiento en el colegio, y todos mis compañeros y profesores me pedían que me hiciese de esa cofradía.  Pero yo les contestaba siempre, levantando mucho la cabeza: “Soy de la Piedad y sólo soy cofrade de la Piedad”.

 

–Una prueba de memoria. Estos son los Aspirantes del grupo C en el año 1946: Luis Baquedano, Agustín Félez, José María García- Belenguer, Jesús Valdés, Carmelo Zaldívar, Miguel Mantecón, Cipriano Octavio… Complete la lista.

–(Risas) ¡Enrique Octavio Sanz! En aquel momento era el más joven. ¡Cuánta gente querida, cuántos amigos! Me acuerdo mucho de Miguelico Mantecón, ¡cómo nos hacía reír! Era muy ocurrente, como toda su familia. ¡Y Carmelín…! El hijo del gran Carmelo… Un amigo maravilloso, un gigante, que luego fue un extraordinario Hermano Mayor. Amigos, casi vecinos, como los García-Belenguer… Y por supuesto mi familia: mi primo Agustín, mi hermanico Cipriano… Cuántos recuerdos de tanta gente buena que se nos ha ido. Entonces éramos muy jóvenes, casi niños, pero estábamos todos muy unidos.

–¿Recuerda cómo recibió Zaragoza la novedad de esa primera cofradía que rompía de alguna manera la tradición de la Semana Santa en la ciudad?

–Yo creo que Zaragoza y los zaragozanos vieron la fundación de la cofradía de la Piedad con una expectativa de futuro, por lo que  siempre se quiso apoyarla. Aquellas primeras procesiones dejaban una honda impresión en el público que asistía a verlas pasar en masa. Es mi humilde opinión, pero una prueba de que se acogió bien fue la aparición al poco tiempo y consecutivamente de otras muchas cofradías.

–Volvamos por un momento, si nos lo permite, al domicilio de la familia Octavio-Sanz. Y pongamos que lo hacemos en las primeras horas de la tarde-noche de un Jueves Santo. Describa la escena, don Enrique.

–Mi padre era cofrade casi desde la fundación y así nos inculcó desde muy niños el amor por la cofradía y por la Semana Santa. Así que en mi casa se vivía todo el año esperando esos días. Los Jueves Santo venían a mi casa a tomar café después de cenar algunos amigos de mis padres y luego nos íbamos todos juntos a la procesión. Recuerdo especialmente a Federico Gerona gritando desde el recibidor de mi casa: “¡Terminad el café y la copa, que vamos a llegar tarde a San Cayetano!”. Era un ambiente muy cordial y muy divertido. La Piedad era algo vital en mi casa.

–Por cierto, en la cuaresma de 2016 se cumplirán setenta años desde que se editó el primer folleto de la cofradía. En este aspecto la empresa de su familia, Octavio y Félez, ha tenido desde 1946 hasta hoy una relevancia importantísima.

–Setenta años de folletos… Es verdad, eran de una calidad exquisita y lo siguen siendo, tanto en el contenido como en el continente. Siempre tengo un folleto en la mesilla, los repaso y los voy cambiando. En los archivos de nuestra imprenta se guardan algunas cosas, pero ya muy pocas. De todas maneras creo que existe suficiente material como para rescatar y poder conmemorar el aniversario tal y como se merece, porque los folletos han sido un instrumento muy importante para dar a conocer nuestra cofradía y para explicar y mantener el auténtico espíritu de la Piedad.

–Me imagino que por razones evidentes usted conservará completa esa espléndida colección de folletos.

–Pues he de decirte que no. Y también que me fastidia. En realidad conservo la mayoría, pero de vez en cuando voy a buscar alguno y compruebo que no está, lo que me incomoda mucho porque me hace una gran ilusión releerlos. Mi mujer es la que lleva el control y sabe perfectamente cuáles son los que me faltan.

–Usted ha vivido y visto en color situaciones y personas de la historia de la cofradía a las que la mayoría sólo reconocemos a través del sepia de las fotografías. Háblenos, por favor, de ese tiempo y de esas personas. Empecemos por alguien fundamental: don Fernando Beltrán Ciércoles.

–Fernando era un buen amigo de nuestra casa. Con mi padre se querían mucho. Recuerdo que era un hombre divertidísimo, con una enorme personalidad. Tenían una empresa de mármoles al lado de la iglesia de San Antonio, ‘Mármoles Beltrán’, y al lado tenían un huerto con una casita y una piscina. Sus hermanas eran amigas de mi madre y de mis tías y nos invitaban a subir a aquel terrenito a pasar el día, a comer y a bañarnos. Era una familia encantadora. Fernando era soltero, nunca se casó, pero era muy familiar y lo pasaba fenomenal jugando con nosotros.

–Y ese hombre normal, familiar, afable, se inventó la cofradía de la Piedad y, por extensión, puso los cimientos de la Semana Santa moderna. ¡Vaya carácter!

–Yo creo que se rebeló, con un grupo de buenos amigos suyos, contra el anticlericalismo de aquellos años y los sucesos terribles que todos conocemos a partir del año 1935. Eran gente de orden, digamos, pero gente normal. Un grupo de amigos que vivían, trabajaban, se divertían y que tenían sus familias… Pero que sabían y tenían claro lo que querían, lo que les gustaba y lo que no. Gente tirada ‘p’alante’: Fernando Beltrán, Carmelo Zaldívar, Mariano Sanvicente, Pedro Herrando, Luis de Diego, Clemente Morón… De todas maneras yo los veía desde la distancia que hay de un niño de apenas catorce años a unos hombres de cincuenta y tantos.

–¿Cree que aquellos hombres tenían conciencia de la magnitud del proyecto que alumbraban?

–En aquel momento yo ni me planteaba la cuestión, era muy joven. Pero analizándolo con la perspectiva del tiempo transcurrido, yo creo que la cúpula sí que se daba cuenta de que estaban haciendo algo importante. Y querían hacerlo, y luchaban por hacerlo, y se empeñaron en hacerlo y en continuar. Aquella primera gente, los cincuenta o sesenta primeros, fue muy importante. Además estaban muy unidos y eso se reflejaba en todo lo que hacían y en todos los actos que iban inventando y que hacían cada vez más grande a la cofradía.

–Un catalizador imprescindible de aquella primera hora se antoja don Leandro Aína Naval, fundador y primer capellán de la cofradía.

–Era un hombre de mucha categoría, que tuvo mala suerte en algunos aspectos. Se fió de quien no debía. Pero siempre fue un hombre entregado a la iglesia que supo soportar con dignidad y humildad los reveses que la vida le tenía reservados. Mi padre lo quería mucho y vino a mi casa en muchas ocasiones, sobre todo en los malos momentos en los que desde la Piedad siempre se le ayudó. Se debe saber y valorar que la cofradía de la Piedad le debe mucho a don Leandro en todos los sentidos, especialmente en el espiritual. Marcó el camino de la cofradía. Don Leandro, así lo veía yo, era un hombre muy carismático y muy entregado. Adoraba la Piedad y su significado, lo mismo que después el queridísimo don Antero, don Luis Antonio y todos los hombres de la iglesia que ha tenido la cofradía.

–Otro visionario, ideólogo fundamental, fue don Antonio Blasco del Cacho.

–Fue un extraordinario Hermano Mayor. El mejor que pudo haber para coger el relevo de Fernando. Lo hacía muy bien: puso en marcha el folleto junto con don Leandro, y escribía auténticas joyas tanto en prosa como en verso. Y el acto del Ejercicio de la Piedad en San Nicolás era con él un momento de increíble emoción. Había cola para entrar en la iglesia y asistir a la entrega de los donativos a las madres desvalidas. Antonio las cogía de la mano y se las besaba, se arrodillaba ante ellas, les dedicaba unas palabras maravillosas… Todo tan de verdad, con tanto sentimiento, que era un intento imposible aguantar las lágrimas. ¡Allí acabábamos llorando todos! Cuando se marchó dejó al frente a otra magnífica persona, Manolo Balet, que fue un formidable Hermano Mayor.
–En su larga vida de cofrade ha conocido a diecinueve hermanos mayores, en realidad a todos los que han ocupado el cargo.

–Siempre se ha elegido con la mejor voluntad a los sucesivos hermanos mayores. Lógicamente cada uno se ha encontrado ante diferentes disyuntivas dependiendo del momento o de la situación por la que atravesaba la cofradía. Todos han llevado el mismo rumbo, aunque naturalmente cada uno con sus peculiaridades. Pero la deriva nunca se ha perdido. Cada Hermano Mayor ha aportado su personalidad, lo mejor de sí, y eso siempre ha redundado en el bien de la cofradía. Y quiero decir que soy absolutamente sincero en esta respuesta, no es cuestión de peloteo.

–Ahora que hablamos de hermanos mayores y juntas de gobierno, háganos si es tan amable una breve reflexión sobre la función de la Junta Consultiva.

–En teoría ayudar, apoyar, opinar de una manera constructiva. Siempre es bueno y necesario acudir a la voz de la experiencia. Pero los consultores también deben saber escuchar, saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio. En el fondo la Junta Consultiva tiene únicamente una función institucional. Los consultores eran en mis tiempos simplemente unos amigos que acudían de vez en cuando a las reuniones de la Junta, sin mucha voz y menos voto. En aquellos años todavía había más rotundidad desde las juntas de gobierno de la que existe ahora. Hoy es todo, digamos, que mucho más cordial.

–El hábito no hace al monje, pero el suyo sí que ha hecho al cofrade. ¿Por cierto, cuántos hábitos ha tenido en setenta y tres años?

–Yo llevo el mismo hábito desde el primer día. Me lo hicieron en los Almacenes Cativiela, ¿o puede que en los Almacenes El Pilar?, no me acuerdo bien. El caso es que mi madre me dejó mucho doble que con el paso del tiempo, y conforme iba creciendo, me fue sacando. ¡El cofrade no lo sé, pero el hábito debía ser bueno porque ha durado hasta hoy! (risas)

–El tiempo pasaba, el hábito iba alargándose, y me imagino que el cofrade Enrique Octavio fue cambiando los espacios y ambientes dentro de la cofradía.

–Recuerdo que éramos unos cuantos jóvenes que crecimos juntos en la cofradía y que estábamos, como ya he dicho, muy unidos. Pero cuando fuimos haciéndonos mayores hubo otra cosa que aún nos unió mucho más: llevar al Santísimo Cristo a hombros. Teníamos la sensación de que el Cristo era una actividad como más de los jóvenes y compartir ese esfuerzo conjunto nos enraizó aún más en la cofradía. Cuando había que trasladar la imagen desde el Refugio hasta San Cayetano en coche, mi hermano Cipriano enseguida decía: “¡Yo llevo la furgoneta de Octavio y Félez!”. Mi hermano era un apasionado del Cristo. Y yo también.

–Otro salto en el calendario y usted aparece en la fotografía ya hecho un hombre. Y llega el momento en el que la cofradía le reclama para asumir mayores responsabilidades.

–Efectivamente, fui Tesorero con José María Franco de Espés como Hermano Mayor. Pero como sólo estuvo un año, continué siéndolo con Emilio Parra cuando le sustituyó en el cargo. Eran finales de los sesenta y principios de los setenta. Fueron unos tiempos en los que cambiaron las percepciones y las costumbres de la sociedad. Aquellos magníficos hermanos mayores supieron entender las contingencias del momento y, más importante, supieron adecuar el paso de la cofradía al momento histórico.

–Tradición y cambio. Dos términos con una rima complicada.

–No fue sencillo, pero se consiguió cambiar sin perder nuestra esencia fundamental y fundacional. La llegada del tambor fue importantísima en esos complicados años, como asimismo transformar lo que era la asistencia a la Madre Desvalida para convertirla en la Secretaría de Caridad, que entroncaba mejor con el momento a la vez que ampliaba nuestro campo de actuación. La idea era transformar y actualizar, pero sin revoluciones. Que la cofradía de la Piedad fuese a más y a mejor, pero sin romper con nuestra historia. Ese debe ser siempre nuestro objetivo.

–Detengámonos en este punto tan interesante de transformación, abundando en lo que respecta a la obra social de la cofradía. Para empezar ayúdenos a ponerle rostro a un concepto quizá tan querido como desconocido: la madre desvalida.

–Aquellas madres desvalidas eran, efectivamente, madres desvalidas. Había casos terribles, dolorosísimos, incluso vergonzantes. No tiene nada que ver, no hay parangón alguno, con los casos que la Secretaría de Caridad pueda atender hoy en día, por muy difíciles que algunos sean. Para entenderlo hay que tener también claro que el barrio del Boterón y sus alrededores eran entonces una zona deprimidísima, pobre a más no poder. No había calles, eran callejones sin asfaltar, con casas más que humildes, casi cuevas. Y los vecinos apenas tenían nada, especialmente esas mujeres cargadas de hijos y que se habían quedado viudas o solas durante o después de la guerra civil.
–En este sentido, la Piedad resultaría un consuelo inesperado en ese escenario terrible.

–Lo digo con humildad absoluta, pero es justo decir que la cofradía de la Piedad realizó una labor de ayuda enorme en esos años a muchas de esas mujeres que no tenían nada ni para ellas ni para sus hijos. Entonces nadie se ocupaba de quienes no tenían nada, nadie había inventado ni la seguridad social ni las obras sociales ni la solidaridad, pero la Piedad supo que había que estar ahí y supo cómo hacerlo.

–De redefinir toda esa labor de ayuda social, resultó la Secretaría de Caridad. ¿Qué es y qué debe ser nuestra Caridad según su opinión, don Enrique?

–La Secretaría de Caridad no puede ser un pequeño grupo, sino que debe ser siempre toda la cofradía. Es un trabajo difícil, pero tenemos que estar ahí los cofrades. Hay que renovarse continuamente, pero siempre con la misma idea. Eso sí, no me gustaría que se perdiese nunca  el espíritu que nos llega desde la fundación y que consiste en la atención a la madre desvalida. Es algo que he visto desde pequeñico, que me inculcaron nuestros mayores: aquellas visitas que organizaba José María Burbano y luego Roberto Gracia, te impregnaban de ganas de ayudar más, de dar más dinero en la cuestación del Domingo de Pasión, de atender más casos. Los tiempos han cambiado, ahora hay más instituciones, más ayudas, más oenegés… Por eso hay que trabajar para adaptarse a los tiempos, pero nunca perder el espíritu, llámese madre desvalida o Secretaría de Caridad.

–O llámese Fundación La Piedad.

–La Fundación es un instrumento magnífico para continuar ejerciendo en el siglo XXI la ayuda a los más desfavorecidos que siempre ha habido en la cofradía. Tal vez ahora sea bueno, siempre que funcione y que sirva para nuestros objetivos de siempre, que se llame Fundación La Piedad. Eso sí, tengo la sensación de que se oye hablar muy poco de la Fundación entre nosotros, como si a veces se tratase incluso de evitar la palabra o el concepto. Lo que tal vez indique que el proyecto de la Fundación no termina de entrar y de asumirse en la cofradía. Y eso me preocupa. Debemos reflexionar sobre ello.

–Nos hemos puesto trascendentes y estamos hablando de cuestiones de profundo calado. Siguiendo en esta línea, ¿nos podría descubrir la clave para ajustar la cofradía de la Piedad, ‘la de toda la vida’, en el convulso y cambiante siglo XXI?

–La Piedad no tiene que ser inmovilista, tampoco revolucionaria. No hay que mirar eternamente hacia atrás, hay que mirar hacia delante. Respetar nuestras tradiciones es necesario, imprescindible, porque son nuestra razón de ser. Pero no incurramos en una especie de inmovilismo mal entendido, porque la Piedad, desde su inicio, precisamente ha sido todo lo contrario. Por eso es nuestra obligación estar continuamente empezando.

–Cambiemos ahora de registro, si no le importa. Entre 1967 y 1970 compartió Junta de Gobierno con Emilio Parra, Carmelo Zaldívar, Antonio Saz o Santiago Gonzalo, una auténtica cantera de hermanos mayores. Sin embargo usted nunca optó al cargo.

–En alguna ocasión me lo han insinuado, pero sin mucho éxito ni convicción, la verdad. Todos han sabido siempre que yo no hubiera servido. Uno se conoce, conoce sus posibilidades y sus debilidades, e insisto en que no habría sido un buen Hermano Mayor.

–Lo que sí queda claro tras setenta y tres años de servicio, es que usted lo que se dice dudas nunca tuvo dudas. ¿O sí las tuvo o sí las hubo?

–Nunca. He estado siempre y siempre he querido estar. Creo que sólo he faltado dos veces a la procesión y fue porque hubo en momento en que mis hijas necesitaban salir de la ciudad en esos días y también necesitaban estar con su padre. Sólo tuve hijas, por lo que mi nieto Carlos fue mi primer descendiente en la Piedad. Él y toda mi familia son grandes forofos de la Piedad, yo siempre pienso que han tenido más afección a la cofradía de la que yo tenía a su edad. La Piedad en mi casa ha sido siempre algo fundamental.

–Enumeremos otra lista a la que usted pertenece: Fernando Beltrán, Pedro Herrando, Luis de Diego, José Bosqued y Enrique Octavio. Los cinco magníficos números uno de la cofradía de la Piedad.

–¿De verdad sólo ha habido cinco números uno? ¡Vaya responsabilidad y menudo honor estar en una lista con una gente tan importante! La verdad es que me ha hecho muy feliz ser el número uno, aunque nunca le concedí demasiada importancia a llegar a serlo. Pero es cierto que es bonito, muy bonito. En muchos sentidos es mejor que ser Hermano Mayor, porque tiene algunos de sus beneficios y ninguno de sus problemas (risas). Aunque, si me dejas contarte un pequeño secreto, tengo que reconocer la enorme ilusión que sentí cuando el Hermano Mayor Enrique González me nombró Hermano Consultor. Fue un detalle que agradecí mucho.

–Cuéntenos una de esas setenta y tres veces en las que usted ha escuchado las doce campanadas a las puertas de San Cayetano en la madrugada del Viernes Santo.

–No tengo ninguna duda, elegiría la de la última Semana Santa. Tuve la suerte y el honor de estar recibiendo a la Virgen cuando salió y te aseguro que lloré como un niño. Cierto es que en ese momento concurrían algunas circunstancias personales que hacían que estuviese especialmente sensible, pero ver llegar a la Virgen y al Cristo… fue muy emocionante. Creo que todos los cofrades de la Piedad llevamos esa madrugada en el adn, en el corazón. Y nunca debemos perder esa ilusión maravillosa.

–Imagino, don Enrique, que desde el 10 de marzo de 1942 hasta hoy le habrá dado tiempo a elaborar una teoría sobre lo que es y lo que significa para usted la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro.

–¡Qué difícil pregunta! Lo sé y no lo sé… Es un sentimiento, una emoción que me ha hecho feliz. Siento un orgullo muy íntimo por pertenecer a esta cofradía y un inmenso agradecimiento por todo lo que me ha dado la Piedad durante todos estos años, que son los de casi toda mi existencia. La cofradía de la Piedad ha sido mi vida. Con mi familia, lo mejor de mi vida.