La cofradía visita a La Piedad de Tarazona

El viaje de confraternización sirvió para redescubrir algunos de los tesoros que aún guarda la capital turiasonense y para visitar la catedral donde se realizó una ofrenda a la Virgen de la Piedad

Cuenta la historia que César Augusto se sintió enfermo durante su viaje de regreso a Roma tras las muchas batallas libradas en su intento de poner orden y tratar de romanizar las poco amigables tierras del norte de Hispania. Cansado el emperador, agotadas sus legiones y famélicas sus huestes, decidió el césar hacer un alto en el camino, una vez fundada Caesaraugusta, en un lugar conocido desde tiempos inmemoriales por las bondades de sus famosos baños. Romanos, claro. El lugar se llamaba Turiasu. Conviene apuntar que desde siempre existió la creencia de que las aguas del río Queiles contenían propiedades curativas muy valoradas, a las que el todopoderoso hijo adoptivo del gran Julio César por supuesto no hizo ascos. Tan a gusto se sintió tomando las aguas, que se quedó una buena temporada, curó sus dolencias, partió satisfecho hacia su casa en la Ciudad Eterna y dejó a la futura Tarazona muy bien situada en el mapa ante el prometedor futuro que le esperaba con el paso de los siglos. Y así, entre guerras, conquistas, musulmanes, cristianos, judíos, mozárabes, reyes, Cortes, obispos y turiasonenses (que no taraconenses, como con mucho acierto nos explicó con insistencia nuestra guía) de toda clase y condición, fue pasando el tiempo. Hasta que el 13 de junio de 2015 la cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro llegó a Tarazona en un autocar repleto de cofrades, con varios objetivos bien definidos en el libro de ruta: realizar una visita guiada por la ciudad milenaria con la idea de conocer y descubrir los secretos que aún guarda la zona de la Judería, las calles del barrio histórico, la joya arquitectónica que representa el ayuntamiento, el Palacio Arzobispal con su Salón de los Obispos y, por supuesto, la catedral de Santa María de la Huerta. Y ante todo conocer, rezarle y dejarle una ofrenda floral a la Virgen de la Piedad que descansa todo el año en una preciosa capilla de la catedral turiasonense. Así lo hicimos, tras lo cual nos fuimos todos en alegre compañía por las mismas o parecidas calles por las que había caminado el todopoderoso Augusto. Aunque en vez de bajar a la orilla del Queiles como hiciera el romano, preferimos irnos a comer en amable camaradería. Que es lo que procede en estos casos, antes de montarnos otra vez en el autocar para regresar a Caesaraugusta, o sea Cesaraugusta, o sea Zaragoza.

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