Don Antero, cinco años sin la dulce voz de la Piedad

Una reflexión de Fernando Ornat.

Hace hoy cinco años que se apagó la dulce voz de don Antero Hombría Tortajada. Capellán Director de la cofradía de la Piedad y del Santo Sepulcro durante seis décadas, su inteligencia, coherencia, amor y fe, sus enseñanzas, sirvieron de guía espiritual y conceptual a nuestra cofradía. Su cofradía. Hombre docto, ilustrado, respetado, detallista, cercano, riguroso, gran orador, experto conocedor de la mística de la Piedad, su consejo fue el faro que alumbró constantemente la larga travesía de la cofradía desde su llegada en marzo del año 1956. Desde entonces, sujetos a su palabra, a su ejemplo, a su magisterio, generaciones de cofrades de la Piedad crecimos como hombres y como cristianos. Y con sus aportes la cofradía ganó año a año en consistencia, en poso espiritual. Y en serenidad y en profundidad y en objetivos. Para comprender la trascendencia del extenso legado que a don Antero le debemos como forjador de nuestra personalidad espiritual, baste apenas un capítulo de una obra extensísima: él acuñó y nos regaló uno de los conceptos básicos, fundamentales, de nuestro carácter: “La Piedad es Caridad”. Frase mítica, realidad incuestionable, objetivo hacia el que dirigirse, punto de apoyo para crecer. 

Una consulta a su abigarrado y magnífico currículo nos permite tomar conciencia del auténtico perfil y verdadera valía de don Antero Hombría: del hombre, del sacerdote, del religioso, del consiliario, del maestro, del estudioso, del teólogo, del periodista… Sin embargo nuestra tristeza al recordarlo esconde una razón mucho más humana. La realidad es que desde que se fue hace cinco años echamos de menos sobre todo a la persona: su aliento, su bondad, su consejo, su rostro, su sonrisa.Y sobre todo su palabra. Siempre precisa, siempre preciosa. Y su voz amiga, amable y suave, dirigiéndonos. Mostrándonos el camino de la verdad, del amor, de la cofradía. Don Antero se llevó en su partida una parte de nosotros, tal vez la mejor, como cofrades suyos, como amigos suyos, como personas a las que él educó y ayudó y asistió en tantos aspectos vitales. Pero nos dejó lo mejor de sí mismo: una huella indeleble en nuestro corazón y su inagotable impronta de la que estará para siempre impregnada la cofradía de la Piedad. La que nos hace únicos, diferentes.

Hace hoy cinco años, otro 12 de abril, don Antero se marchó. Se nos fue despacito, poquito a poco, como siempre fue él: elegante y sobrio, discreto. Don Antero es, lo será eternamente, Capellán Director de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro, a la cual le entregó durante cincuenta y nueve maravillosos años lo mejor de su intelecto privilegiado y de su fe inquebrantable. Todos nosotros, sus cofrades, tuvimos la inmensa fortuna y la el honor impagable de recibir la bondad de su magisterio, de seguir su guía espiritual, de ser sus hijos predilectos. Pero, sobre todo, don Antero fue durante toda su vida un entusiasta declarado y rendido de la Piedad. De su mensaje, de su idea, de su significado, de su amor. Así nos lo transmitió siempre que hubo ocasión: en eucaristías, charlas, capítulos, jornadas de reflexión, ejercicios de la Piedad o desde los ‘pórticos’ de tantos folletos. Y ante todo en San Cayetano al filo de la medianoche del sagrado Jueves Santo. En esos momentos de recogimiento y emoción, tras las puertas cerradas del templo, en medio de un silencio nervioso, de pronto se alzaba su voz: dulce, atildada, serena, plena de calidez, llena de firmeza. En esos instantes mágicos, don Antero fue siempre el mensaje preciso, la palabra preciosa. Y al marcharse se ha llevado con él hasta apagarla, la voz más dulce y sabia con la que nunca nos haya hablado nuestra Madre de la Piedad. Su voz

Fernando Ornat Ornat