Querido diario:
Un instante antes de que mi vida se cruzase con la del protagonista de esta historia que he venido a contarte, mi mañana sabatina propia del mes de mayo seguía una pauta tan prefijada como previsible. Vamos, lo que se espera de asistir como invitado a la comunión de la hija de unos íntimos amigos. Lo que más gracia me hacía del evento, he de confesarte, era que la ceremonia se llevaba a cabo en el colegio de Corazonistas. Mi colegio. Pero bueno, volvamos a lo trascendente que se centra en ese momento en el que todo comienza a tomar forma en ese salón atestado de familias ilusionadas, a medio camino entre la emoción, el suspense y la histeria. Y en ese barullo vivíamos, cuando de pronto se hace el silencio porque la música, venida no se sabe bien de dónde, tiene la virtud, dicen, de amansar a las fieras. Aunque la verdad es que suena a tal volumen, que silencia voces discutidoras y conversaciones saludantes para ceder el protagonismo a ese grupo de ocho niños y niñas que avanzan ya por entre la bancada camino del altar-escenario. Entonces vi a Marc vestido de Piedad. Y ese fue el instante en el que todo cambió, mi mañana preconcebida estalló, un nudo de ternura me estranguló el corazón y, como consecuencia directa, hoy me encuentro delante del ordenador escribiendo este diario.
Buena parte de mis conocidos, incluída mi familia, giraron sus miradas hacia mí. Pero yo estaba a otra cosa, porque ya no perdía de vista a ese joven de nueve años que caminaba lentamente orgulloso su singularidad. Conmovido hasta lo más profundo de mi ser, a punto estuve de romper el estricto protocolo comulgante, pasar por encima de abuelas atacadas, padres encorbatados y adolescentes desubicados, para abordar la estricta procesión y abrazar a ese niño que esa mañana -quizá la más importante de su vida- le gritaba a todo el mundo, sin una sola palabra, que él iba a su primer encuentro con el Señor vestido con lo mejor de su armario: su hábito de infante de la Piedad. Como es lógico, y puedes suponer, no hice nada de lo dicho. Me senté pacíficamente en el banco y seguí toda la ceremonia con aparente sosiego pero con un volcán a punto de estallar en mi corazón, que en ese momento, y ya toda la mañana, latía en modo azul Piedad.
No hay mucho más que contar. Marc, que así se llama este joven hijo de la Madre, cumplió esa mañana, y durante el resto del día, tal y como lo debe hacer un niño en un día tan grande y en una jornada tan larga: fue feliz e hizo felices a los suyos. En la ceremonia estuvo serio y participativo. Leyó con seguridad cuando le tocó hacerlo. Por cierto un pasaje dedicado a la Virgen, en el que el sacerdote oficiante le envió un guiño en forma de comentario alusivo a su atuendo de cofrade de la Piedad. Don Carlos Palomero sabe bien de qué va esto, por supuesto. Y yo, por mi parte, viéndolo tuve un sentimiento como de constante orgullo que no me termina de abandonar pese al transcurrir de los días.
Quizá por eso, y aprovechando una coincidencia, hablé con la mamá de la criatura. Quería conocer los motivos que llevan a un niño pequeño a una decisión como la que tomó Marc. ¿Se lo propusieron sus padres o siguió el ejemplo de un amigo o imitó algún precedente familiar o tal vez leyó una historia similar…? ¿Y no le dio apuro, vergüenza, timidez vestir tan diferente, ser tan único, en un día en el que sería el centro de todas las miradas? Pues no, todo fue más sencillo, porque él siempre lo tuvo claro. Cuatro años antes, durante la comunión de su hermano mayor, también cofrade, Marc les adelantó una noticia a sus padres con tono sentencioso: haría la comunión vestido de la Piedad. Tenía sólo cinco años. Un sábado de mayo de cuatro años más tarde, Marc cumplió su palabra. Y yo desde este diario le doy la enhorabuena. Pero sobre todo las gracias por su valentía, por su decisión y ante todo por su maravilloso ejemplo. Por cierto, Marc toca el bombo. Lógicamente, me tiene conquistado.
Pd: Estoy seguro -y sé- que hay más casos como el que yo hoy te he contado de Marc. Niños que siguen eligiendo sus hábitos como el mejor traje para recibir la Primera Comunión. Como no los conozco uno a uno, no los nombro aquí, pero por si les llega les envío también mi más sincero agradecimiento por darnos a todos una lección enorme de haber comprendido, entendido y asumido a tan tempranas edades, toda la carga de sentimiento, de sensibilidad y de amor que atesora ser cofrade de la Piedad. Ojalá año tras año, infante tras infante, esta preciosa cadena nunca se detenga.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)









