Querido diario:
Cada Domingo de Pasión a eso del mediodía se repite la misma imagen año tras año: las puertas de San Cayetano abiertas de par en par y sin embargo colapsadas por un aluvión de gente piadosa arreglada como para ir de fiesta, que aparentemente trata de alcanzar la plaza del Justicia pero que sin embargo se arremolina y se retiene a la altura del dintel pausando el vaciado del templo tras la misa de la Titular. Si tú, querido diario, acabas de pisar el universo piadoso puede que te asombre el hecho. Pero a poco versado que estés en las cosas y los usos y costumbres de esta santa cofradía sabrás que lo que sucede en esa mañana tan especial y fundamental para nosotros tiene que ver con una de las tradiciones más singulares, antiguas y consolidadas de la Piedad. También, con el folleto y las doce campanadas, de las más esperadas por un cofrade: el regalo.
Te pongo en antecedentes con un apunte histórico exprés a los que ya sabes soy tan proclive: corría el año 1946 cuando el Hermano Mayor del momento don Antonio Blasco del Cacho -el segundo de nuestra historia- introdujo la costumbre de hacer un regalo, como recuerdo y agradecimiento por su generosidad, a los cofrades de la Piedad tras la misa. Habré de añadir, por concretar, que en aquellos primeros años se celebraban dos misas en este domingo que con el tiempo y el cariño denominaríamos como de la Fiesta de la Titular: la de Comunión, a las ocho de la mañana en el altar de la Virgen, y sobre las nueve otra denominada Solemne. Cuenta la leyenda que entre una y otra, aquellos hombres tan madrugadores pronto decidieron que lo mejor era irse juntos a desayunar. Lo que se convirtió en costumbre. El siguiente Hermano Mayor, por cerrar este capítulo, se llamaba don Manuel Balet Salesa y decidió unificar ambas ceremonias en una sola misa, cantada, en el altar mayor de Santa Isabel de Portugal, tal y como se hace ahora. Eso sí, cambiaron el desayuno por comida, cuya intención perdura hasta nuestros días aunque ahora sea cena. Lo que no varió fue la costumbre: el Hermano Mayor siguió haciendo un regalo.
Una cosa muy importante: ese regalo que recogimos ilusionados y expectantes (confío en que también agradecidos) al final de la misa de este último año 2026, hace el número ochenta. Antes de continuar te diré que desde el primero, y durante muchos domingos de Pasión, los regalos eran costeados por los propios hermanos mayores. Hablamos de que en aquellos tiempos las listas paraban o no iban mucho más allá del doscientos, cuando hoy superan ampliamente el millar, con lo que la forma de asumir el gasto ha cambiado. Eso sí, lo que continúa imperturbable es la ilusión y la responsabilidad que invade al mayor de turno cuando llega el momento de elegir el detalle para su cofradía. Porque es una tradición muy importante y porque es una decisión nada sencilla. Y lo que tampoco ha cambiado es que siempre constituya un secreto para el resto de hermanos hasta prácticamente el momento de recibirlo. Lo que convierte a nuestros hermanos mayores en una especie de cuarto rey mago. Eso sí, en tiempos cuaresmales.
Como podrás suponer, querido diario, ochenta años regalando regalos dan para muchos regalos. Aunque lo importante de verdad ha sido y es el cariño inmenso que se esconde tras este pequeño gesto que sin embargo significa un detalle tan enorme, ampliado por el paso de los años. Mirando atrás la lista es tan inmensa que sería complicado encontrar cajón en el que guardarlos todos, porque de todo ha habido. Así, en una rápida mirada retrospectiva encontramos aquel cofrade de fieltro de los años cuarenta, que con el tiempo tuvo su remake; la insignia de plata para la solapa; el título de hermano cofrade nominado, sellado y con su funda; el devocionario o aquel librito exquisito con las estaciones del vía crucis; el Cristo de bolsillo de principios de los sesenta que tuvo su réplica preciosa y en tamaño considerable a principios del nuevo siglo; el medallón para la puerta de casa o para el coche con la imagen de la Virgen o esa reproducción plateada de la imagen o aquella medallita dorada también con la Piedad en el dorso y protegida en su bolsita carmesí…
También ha habido regalos que pudiéramos calificar de eminentemente prácticos. Ejemplo: fundas para la medalla se regalaron en diferentes épocas, también bolígrafos, ceniceros, carteras, calendarios, siempre todos con el distintivo piadoso. Algunos indicaban el signo cambiante de los tiempos, como el pendrive más actual en contraposición con aquel abrecartas de cuando a las casas llegaban misivas en papel. E incluso asombrosos, como el anuario enorme para coche en el que apuntar la gasolina y el kilometraje. Aunque los más bizarros de la colección puede que sean un abrebotellas y un cortauñas. En cualquier caso, el recuento resulta abrumador: monederos, diferentes llaveros, pines para solapa, imanes con el escudo, un cedé que contenía la colección de folletos, medallas conmemorativas de diversos aniversarios con la efigie de Nuestra Madre, varias pulseras, cuadros enmarcados con el Cristo o con la Virgen… Ochenta años, ochenta regalos.
Un cofrade histórico que ya forma desde hace años en la procesión del Cielo me contaba hace ya mucho la nostalgia inmensa que le atenazaba el corazón cuando, cada cierto tiempo, tenía la ocurrencia o sentía la necesidad de abrir la caja mágica donde conservaba todos y cada uno de los regalos recibidos en los muchos domingos de Pasión en los que asistió a la misa de la Titular, ofreció su óbolo en la colecta y recibió el regalo del Hermano Mayor. Con la mirada acuosa y la voz trabada de emoción, aquel veterano piadoso me relató que cuando sujetaba aquellas piezas sagradas para él, le venían a la memoria de manera vívida rostros, voces, discursos, abrazos, madrugadas, amistades, risas, desfiles, tiempos que se llevaron amigos, confidentes, hermanos. Desde ese día para mí el regalo del Día de la Titular, del Domingo de Pasión, del Hermano Mayor de mi cofradía tiene un significado muy profundo. Los conservo, como me enseñó aquel viejo Consultor, como si fueran tesoros. Porque en realidad todos juntos son para mí el recuerdo sentimental de mi vida en la Piedad. Y eso sí que es un regalo impagable.
Pd: Esta entrada del diario debe servir sobre todas las cosas como un modesto pero decidido gesto de agradecimiento para cada uno de los hermanos mayores de nuestra historia, empeñados en que perduren y jamás se pierdan nuestras más preciosas tradiciones. Y por cierto, me encantó el regalo de este año. Ese adorno colgará en mi árbol las próximas navidades. Como alternativa de uso te cuento que lo vi sujeto como elegante complemento de un bolso durante la pasada Semana Santa, también prendido en las luces que alumbran una mesa de estudio y hasta en el pomo de una puerta adolescente. Por dar ideas…
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)










