Querido diario:
Ya sabes que otra vez, otro año, en un momento indeterminado entre el roscón de Reyes y el de San Valero, han vuelto los ensayos. El patio del colegio de Marianistas se convierte una vez más, y por unas cuantas semanas, en el refugio de seres a mitad de camino entre la locura fugaz y una responsabilidad casi dramática. Tocar, repetir, recordar, formar, acompasar, emocionar, revivir, volver, reencontrar. Y nunca fallar, que está prohibido y penado por la ley del Delegado. Pasa el tiempo pero aún me sorprendo a mí mismo, en cualquier lugar o estación del año, tarareando Velilla o la Rápida o la India o el Bolero… La excitación se multiplica, claro está, si escucho en vivo y en directo estas u otras de nuestras marchas. Y entonces, créeme, se me acelera el pulso, se me encoge el alma, se me altera el ritmo cardiaco, se me humedece la mirada y se me eriza la piel. Y es en esos momentos cuando pienso con convencimiento: ¿y si volviera a tocar? Pero luego, ná
Esto que me ocurre a mí, y que te acabo de confesar, querido diario, debe quedar entre tú y yo. No te vayas de la lengua, que no se entere nadie. Porque, como diría un castizo, lo negaré delante de mi abogado si fuera preciso. En realidad suponía yo que esto era una cuestión común entre todos aquellos que alguna vez hemos participado en esa explosión de amor polifónico que es la sección del ruido de la Piedad. Y en estas estaba, cuando hace unos días me enteré, por confesión directa del protagonista, de que una persona muy querida por mí había dado el paso y este año, después de muchos, se colgaba de nuevo el instrumento para acompañar y escoltar a la Madre. ¡Ahí lo tienes! El regreso que tantas veces yo me he planteado, hecho realidad.
Lo cierto es que este tipo de acontecimientos, siempre muy celebrados entre los compañeros de fatigas, no es en absoluto inhabitual entre nuestras filas. De hecho se producen estos regresos casi de manera anual: jóvenes que salieron fuera de Zaragoza a estudiar o profesionales que regresan a su ciudad desde destinos itinerantes o padres arrastrados por el entusiasmo de hijos que recién se estrenan en esto del instrumento. Estos casos de reencuentro, y más, ya te digo que no resultan extraños a nadie. Sin embargo, el que da pie a esta entrada del diario, es singular y hasta anodino. Y eso es porque en esta santa casa no se conoce antecedente de un Hermano Mayor que, una vez dejado el cargo, hubiera vuelto a escuchar, y a atender, la llamada del ruido. Hasta ahora.
Ya te he contado alguna vez, querido diario, que muchos de los hermanos que han dirigido los destinos de la cofradía a lo largo del tiempo, formaron parte de la sección en sus tiempos jóvenes (o no tan jóvenes). Pero si lo que te interesa es saber cuántos y quiénes han tocado un instrumento alguna vez, quédate por aquí porque estás a punto de satisfacer tu curiosidad. Lo primero que debes saber es que la Cofradía de la Piedad ha tenido veintidós hermanos mayores desde su fundación. Y que los primeros instrumentos (timbales) llegaron en el año 1964, siendo su impulsor el Hermano Mayor don Juan Manuel de la Aldea, sexto mandamás de nuestra historia. Es de lógica colegir, que ni él ni los cinco anteriores jamás tocaron, por razones obvias. Y recuerda que aquella media docena de mayores míticos de la primera hora, se llamaban:
Don Fernando Beltrán Ciércoles
Don Antonio Blasco del Cacho.
Don Manuel Balet Salesa.
Don Luis Blasco del Cacho.
Don Juan Cardona Cequiel.
Don Juan Manuel de la Aldea Ruifernández
Asimismo, y desde mitad de los sesenta, a los inmediatos sucesores de don Juan tampoco les llamó eso de los ensayos. Y así, don José María Franco de Espés, don Emilio Parra Gasque, don Carmelo Zaldívar Iglesias, don José Castillón Lacorte y don Antonio Saz Julián, jamás sintieron a las musas de la música piadosa llamando a sus puertas. Y por eso ocuparon su vida cofrade dedicados a, en ocasiones, más altos menesteres ante y después de soportar el peso del cetro de Hermano Mayor. Y resulta curioso, porque, estando en el cargo don Carmelo Zaldívar en la primera mitad de los años setenta, fue uno de los máximos impulsores en la Junta Coordinadora de la época, del incipiente concurso de tambores que tantas alegrías y sinsabores dio a la Piedad con el paso de los años.
De hecho no fue sino hasta el año 1984, que nos encontramos con el primer HM en haber pasado por la sección. Timbalero, para más señas, fue en su momento nuestro décimo segundo Hermano Mayor don Alfonso Villanueva Alapont, que desfilaba con su instrumento ya en los años sesenta. Después de don Alfonso, y hasta el día de hoy, entre lo que podemos determinar como las edades moderna y actual de la Piedad, resulta más sencillo nombrar a los que nunca se acercaron al ruido, que a la gran mayoría que sí lo hicieron. La lista del ‘no’ es corta, con sólo tres apuntes: don Roberto Gracia García, don Francisco José Bernad Alfaro y don Luis Francisco Bernal Martín. En el reverso, hasta ocho hermanos mayores, desde los años ochenta, pasando por los noventa y llegando al nuevo siglo, tocaron en diferentes épocas. Pero hasta ahora, ninguno había vuelto. De ahí la alegre novedad que supone el regreso a la actividad durante estas semanas en el patio de Marianistas de un cofrade tan destacado como siempre lo es en esta santa cofradía un Hermano Mayor. ¡Ojo! También, lógicamente, miembro de la Junta Consultiva.
Don Alfonso Villanueva: Timbal
Don Santiago Gonzalo: Timbal
Don Salvador Gil: Timbal
Don Enrique González: Tambor
Don Andrés Vitoria: Timbal
Don Constantino Ríos: Timbal
Don José Manuel Etayo: Timbal
Don Pedro Cía: Timbal
PD: Quizá fuera mejor para cuadrar la rima, querido diario, que este Consultor tocase el tambor. Pero ya sabes que la felicidad nunca es completa, ni siquiera en este afortunado y desenfadado diario piadoso. Y ya sé que antes de terminar te gustaría que revelase aquí el nombre del protagonista de esta historia… pero no, si quieres descubrir su identidad deberás ir a los ensayos y estar atento. Te doy una pista: toca el timbal.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)








