Jornada decimotercera

(Decimotercera Estación) El velo rasgado. Lc. 23, 44-49.

Sí, el sol se oscureció durante un tiempo y las instituciones (como el velo del   templo), se colapsaron. Pero al cabo, alguien le reconoce, entre tanto caos,   alguien ve en su rostro la imagen del Mesías… y todo cambia, el sol vuelve a brillar, “Sol Invictus, Sol Salutis”.
Así, entre nosotros hoy, el tiempo parece detenerse, como en la muerte y el sol quiere dejar de brillar, pero al cabo, siempre hay algo o alguien ( una madre entregada a su hijo, un niño que nos interroga sobre la vida, un sanitario que nos asiste, un familiar enfermo, un militar o un policía ayudando anónimos, nuestras propias ganas de vivir…), que le reconoce, “en verdad, Éste era el Mesías, El Hijo de Dios Vivo” y el sol vuelve a brillar con fuerza.

Desde la fe, nada está definitivamente perdido. Dios Padre, que nuestra vida esté sustentada en ti. Que con el auxilio de tu Madre, Nuestra Señora, tengamos lucidez para ver tu luz brillar en el mundo que nos rodea y del que somos parte activa.

“Por muy dura que sea la situación, pasará. Por muy oscura que la consideres, no olvides que la luz volverá a brillar. ¡El Señor está contigo, a pesar de su silencio!”

Anónimo.

Lc. 23, 44-49

Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.  Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo. Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

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