Jornada novena

Jornada novena (Novena Estación). Jesús ante las autoridades. Jn. 18, 19-24 y 28-38.

Costaba creer a las autoridades, que el Mesías, el que había de venir, lo hiciera así… pero así es. Dios se nos muestra sencillo, humilde y sincero, tanto que no encuentran en Él culpa alguna. Intentando comprender e integrar en nuestras vidas lo que nos ocurre, debemos imitar a Jesús. Sencillez, humildad, sinceridad, nada complicado, simplemente es cuestión de aceptar y confiar.

Señor, agradecidos porque nos sigue maravillando tu plan para salvarnos, te pedimos que tu presencia en nosotros, nos de coraje, para sobrellevar esta carga.

“Toda la oscuridad en el mundo no puede apagar la luz de una sola vela”. Francisco de Asís

Jn. 18, 19-24 y 28-38.

Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. 
Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. 
Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. 
Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? 
Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. 
Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra.
Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. 
Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. 
Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco.
Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?

Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, 
y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. 
Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo.

Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote;
mas Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro. 
Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. 
Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. 

Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. 
Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. 
¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. 
Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? 
Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? 
Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

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