Querido diario:
A. pasa minuciosa y ocular revista al trozo de lanosa y espesa tela blanca desplegada sobre la cama. Y lo que ve, no le gusta: la aprecia ya desgastada, con un descosido aquí, un manchurrón allá, negruzcos los bajos, algo descolorida la bermeja cruz del pecho… hasta un par de botones azules echa en falta en la rápida revisión. “Este hábito pide jubilación”, se dice a sí mismo en mudo tono recriminatorio. Sin embargo, los días siguientes, A. camina, trabaja, come, duerme y se despierta pensando en su viejo hábito. O, más bien, en su decisión de pedir la confección de uno nuevo. Pero algo le inquieta, porque una desasosegante voz interior le sugiere que quizá se esté confundiendo. Y él la escucha: este hábito que hoy desprecias es el mismo que vestiste una hora después de fallecer tu madre para cumplir tu deber con la Cofradía; el mismo que te arropó en el desfile de aquel año en el que desoíste los consejos médicos de no participar; el mismo en cuyo abrazo consolador te refugiaste en los más difíciles baches de tu vida y con el mismo que siempre has dado escolta y agradecido a tu Virgen los muchos parabienes que su infinita bondad te ha deparado… En ese momento, A. tomó una decisión que ya le acompañó hasta el último instante de su vida. El día en el que partió al encuentro con la Madre amortajado con su viejo hábito lanudo. El de siempre. Tan encogido y deteriorado pero tan lleno, al mismo tiempo, de historia, de tradición, de generosidad, de amor ya eterno. De Piedad.
E. vive el momento más duro de una vida, la suya, que hace tan poco se antojaba idílica. Pero el hachazo repentino ha desgajado ilusiones y proyectos, además de llevarse casi sin tiempo para reaccionar al amor de su vida. La pena se torna tan espesa que casi la puede masticar, el duelo resulta tan agotador que ya ni siquiera tiene fuerzas para llorar o lamentarse. E. simplemente se deja llevar y le pide a su Virgen con fe desmedida, multiplicada por mil, que le dé esperanza, sosiego, ánimo suficiente para no rendirse ni decaer porque, pese a todo, están sus hijos. A ellos se debe. Y es en esos días negros, oscuros, en mitad de la tempestad, cuando la Piedad se hace inmensa para E.. Mientras tanto los días se tornan lentos, las semanas tristes, los meses nublados, pero su teléfono no ha dejado de sonar una y otra vez. Cuando E. descuelga, al otro lado (casi) siempre hay un cofrade de la Piedad. Tanto es así, que un compañero de trabajo le pregunta: “Pero quién te llama tanto”. La respuesta le surge a E. no de la garganta, sino del fondo de su alma. Esa que desde su infancia, porque así lo ha aprendido en su casa desde los tiempos del abuelo, lleva teñida en blanco y azul: “Son mis hermanos, claro. Es la Piedad”. La siguiente madrugada santa, la Virgen cruza el enorme portón empujada por el amor de dieciséis hombres. Entre ellos, uno levanta la cabeza buscando su consuelo pero las lágrimas -mitad dolor, mitad amor- le impiden ver la cara de azucena de la Piedad. Da igual, E. sabe que en ese instante inigualable está donde su cofradía quiere que esté esta noche: junto a Ella.
S. se encuentra en una encrucijada complicada. Superada la cincuentena, cuando todavía debe afrontar responsabilidades familiares y económicas de todo cariz, su empresa le informó hace algo más de un año de que se veía obligada a rescindir su relación laboral después de más de dos décadas. A S. los motivos aducidos para su despido se le antojan gaseosos, blandos, inconsistentes. Sin querer le recuerdan aquella excusa que le puso una novieta de su juventud en el momento de abrirle la puerta de salida: “No eres tú, soy yo”. Con eso se quedó. El caso es que está en la calle, que ha enviado currículos a infinidad de ofertas… pero por una u otra razón todo son noes. Hoy, primer domingo de mes, camino de San Cayetano en soledad, se reconoce a sí mismo que está desesperado. S. está harto de disimular su auténtico estado de ánimo delante de su mujer, de sus hijos, familia, amigos. No puede más. Por eso ha decidido ir a verla, porque necesita una paz en lo espiritual que sólo Ella le proporciona, y que le alivie de la desazón que lo cerca. Pero, como es lógico, S. se encuentra en los bancos con varios hermanos cofrades, algunos muy queridos, con los que entabla conversación y a los que pone al día de sus reveses. Todo queda ahí, aparentemente. O no. Porque aunque S. no lo sabe todavía, en los próximos días recibirá una llamada con una propuesta de trabajo. Cuando se entere, a S. le vendrá instantáneamente a la mente aquella frase que leyó de un Hermano Mayor: A veces la Piedad puede parecer dormida, pero siempre despierta cuando la necesitamos. Amén.
M. lo soltó en mitad de una comida de sábado como sin darle importancia, pero revestida la frase con la rotundidad de las decisiones inflexibles: “Esta Semana Santa me vestiré de manola y saldré con la Virgen”. El padre, piadoso por la gracia de Dios, deja los cubiertos delicadamente sobre el mantel y, sin decir ni una palabra, sale del comedor rumbo al pasillo. Por allí, paseando una emoción tan inesperada como incontenible, lo reencuentra M. un rato después. Ninguno da ni pide razones. Pasa el tiempo. Llega el día, después la noche. M. acude a la cita seria, rigurosa en su elegante luto, con una tensión interior que le encoge el corazón incluso antes de pisar el mármol. Sensaciones que reconoce una y otra vez repetidas cuando, ya el templo a oscuras, contempla a su alrededor pupilas encendidas de fervor. Está viviendo, no lo había pensado, el mito mil veces repetido por su padre. Y así escucha el faltan cinco minutos, a la vez que presencia abrazos, adivina murmullos que son plegarias, escucha los frufrús de pesadas telas, el rito del abajo capirotes, del último avemaría y la voz inconfundible que anuncia la inminencia del milagro anual: comienza la procesión. Entonces M. piensa, mientras ahoga un suspiro, que su abuela tan querida estará viendo por primera vez esta salida de la Piedad desde el Cielo, seguro que cerquita de Ella. Y así, por fin liberada, M. derrama sin esfuerzo gruesas lágrimas en recuerdo de aquella mujer que le enseñó en sus brazos, hace ya tantos años, a amar esta procesión. Esta noche santa está aquí, acompañando a la Piedad, en su honor. Es la promesa secreta de M.
N. acaba de recibir los resultados de su última analítica. Y no son buenas noticias. Algo está fuera de su sitio, lo que requerirá actuación médica inmediata. Asustado pero sereno, N. se pone en manos de un galeno en quien confía por su ciencia y, a continuación, se las ingenia para colarse en San Cayetano y postrarse ante la imagen sagrada que le acompaña en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la bonanza y en la tempestad, desde hace tantos años. En consulta, N. escucha al doctor y atiende su diagnóstico. Ante el altar, N. pone palabras a sus temores, y se siente pequeño y vulnerable. Por eso reza, pide, llora, pero nada exige. “Estoy en tus manos, Madre. Siempre”. Y al decirlo siente inmediatamente como si una brisa suave le acariciara el rostro. Otro sin la fe de N. podría pensar con lógica cartesiana que quizá se haya abierto una puerta. Pero N. sabe de qué va esto, así que le envía un beso a la Virgen y abandona el templo por la puerta trasera igual de preocupado por su enfermedad, pero con una carga extra de esperanza. Algunas semanas más tarde, N. viaja en una camilla camino del quirófano. Frío, incoloro, hostil, incómodo, aséptico. Rodeado de mascarillas, guantes y batas, aparataje, agujas y material quirúrgico, de pronto una voz, unos ojos y una mano que sujeta la suya. Es su médico. “Tranquilo, hermano, va a ir todo bien”. La Piedad también está en este quirófano.”Cuenta hacia atrás desde cien”. Pero N. tiene una idea mejor: Dios te salve María, llena eres de (fundido a negro). La terminará ya en planta, cinco horas más tarde. Ruega por nosotros.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)








