Querido diario:
J. me llamó justo unas horas antes de que arrancase la Semana Santa. “¿Estás sentado?”, me dijo con un deje como de agotamiento en el tono, que me alarmó. A quemarropa me disparó que desde hacía algún tiempo una bestia rabiosa le mordía la salud. Mi alarma creció hasta transformarse en honda angustia, que se me ha quedado a vivir en el alma y ya arrastro conmigo a todas partes. Hace tanto rato que mi amigo J. es amigo mío, que cuando contemplo las viejas fotos en las que aparecemos ufanos y orgullosos vestidos de Piedad, casi ni reconozco que seamos nosotros. “Cógeme un clavel de la Virgen. Y guárdamelo”, me pidió. Desde ese día tengo escondidos entre las páginas del folleto dos claveles ya algo ajados. Uno rojo, uno rosa. Se los daré cuando termine este largo y crudo invierno y la perfumada primavera nos lleve otra vez juntos hasta los pies de la Madre. Ya falta menos, J.
S. se ha hecho mayor, lo que no sería problema si no fuera porque de pronto siente como si el tiempo hubiera echado a correr en su contra como un caballo desbocado. El caso es que unos días antes de Semana Santa, S. fue consciente de que por primera vez no podría ir en el cortejo de la Madre. Esa noche, en la recogida penumbra de San Cayetano, muy cerca de Ella, me susurró casi sin aliento mientras ante nuestros ojos se desplegaba -un año más, un año menos- el portentoso y bello milagro de la cofradía de la Piedad desperezándose a cinco minutos de sonar doce campanadas: “¿Qué pensarían nuestros fundadores de lo que hemos hecho con su cofradía?”. Yo, que bastante tenía con sujetarme el nudo que me crecía en la garganta, sólo acerté a contestar: “Estarían orgullosos”. S. asintió sin perderla de vista, transformó la emoción en apagado llanto piadoso y me apretó fuerte el brazo.
G. conoce bien la Piedad. Aunque no lo sé con certeza, pienso que es en la calle Alfonso donde le gusta encontrarse con Ella para mirarla por primera vez a la cara. Quizá por eso esta madrugada ha buscado dos huecos, para ella y su marido, en la señorial acera y así ver pasar de cerca el desfile tratando de adivinar miradas cómplices, ojos conocidos, gestos reveladores tras los espesos capirotes que se suceden y que preceden a ese momento único que, sin embargo, se repite cada madrugada de Viernes Santo. Al verla pasar a su lado, a G. se le esponja el alma y llora sin ruido porque de pronto todo lo mejor de su vida se concreta en el aquí y ahora. Por eso cierra los ojos, sujeta con fuerza el clavel rojo que alguien muy querido ha puesto en su mano y siente como si su padre acabara de volver por una noche de la procesión del Cielo para estar otra vez a su lado en la calle Alfonso.
J.L. desfiló una madrugada más escoltando en su caminar por Zaragoza a Nuestra Señora. De mármol a mármol, como con tan certera belleza se explica entre los conductores del Santísimo Cristo ese viaje de amor entre ambos templos. J.L. llegó exhausto, con las fuerzas tan mermadas que ni una estación del vía crucis pudo afrontar. El espíritu es fuerte pero la carne es débil, pensó contrito al abandonar la madrugada del Boterón en busca del descanso reparador. En las primeras horas de la tarde sagrada hizo un esfuerzo más y vistió de nuevo su blanca librea para acudir a la cita ineludible del Ejercicio de la Piedad. Eso fue todo. Un rato después, cuando la Virgen ya salía de San Nicolás, volví la vista para grabar en mi mente ese momento tan especial. Y vi a J.L. Abrigado en el hábito, pegadito a la puerta, viéndola marcharse sin él, ofreciéndole un mar de lágrimas como despedida.
J.A. pasa delante de mí con decisión. Sin embargo lo noto algo despistado en la vieja sacristía de San Cayetano. Busca algo. Pronto ajusta la dirección y se dirige a encontrarse con su destino. Las cinco maderas, nobles y oscuras, rotundas, ocupan un espacio que para nosotros resulta sagrado porque llevan tatuada en su piel la mejor historia de la Piedad. La eterna. J.A. escruta el madero con la certeza de quien sabe lo que hace, aunque sea la primera vez. Lo miro agachar la cabeza, lo veo apoyarse tiernamente en un punto de la cruz, observo sus dedos recorrer acariciantes un nombre y dos apellidos. J.A. llora sin esconderse pesadas lágrimas ante el Memento, que son, en realidad, declaración filial de amor. Soy respetuoso testigo de una escena íntima y conmovedora que se repite una y otra vez en esta burbuja de Piedad en la que se convierte San Cayetano la mañana de la Titular.
F. piensa en lo que le que queda por delante y la madrugada se le antoja una larga tortura de final inalcanzable. No va a poder llegar a San Nicolás, por lo que pergeña en secreto un plan alternativo: se integrará en el cortejo y, con gran esfuerzo, caminará la primera parte de la procesión. Después se confundirá entre el público y discretamente abandonará. Pero el hombre propone y Dios dispone. Cuando F. atraviesa el templo en dirección a la medianoche santa, nota un soplo de energía en el alma. Será la euforia, la adrenalina. Pero poco después, al ver incendiarse la primavera con la luz del rostro divino, es consciente de que las fuerzas que de pronto le sostienen nada tienen que ver con la razón física. Es algo interior, superior, sagrado. F. completará la procesión y, más importante, escribirá desde una privilegiada tribuna pública, multitudinaria y emocionada manifestación de su fe.
M. está para comérselo. O al menos así lo piensa su abuela cuando le prueba por primera vez el antiguo hábito de infante que hace ya tantos años vistiera su padre y que también sirvió para el debut de su hermano mayor. M., sin embargo, nunca ha mostrado el interés que sí tuvo su hermano cuando desde tan niño quiso salir tocando el tambor. Por eso, y porque ser de la Piedad es tradición en la casa desde el bisabuelo de M., la abuela lleva desde Navidad enseñándole fotos y recuerdos tratando de convencer a la criatura. Hasta que, nadie sabe bien el motivo, M. cede. Pero con una condición. Cuando la extrañada abuela le inquiere sobre tan singular decisión, su respuesta la desarma y emociona: M. señala una vieja foto acartonada en la que se ve a la Virgen enmarcada entre las torres del Pilar. Delante de la sagrada imagen van de la mano un grupo de bonetes. “Como papá”.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)










