Querido diario:
Te cuento que por aquí anda estos días el mundo un poco loco, mirando al cielo, a las páginas de los periódicos, a las pantallas de televisores o a las digitales. ¿Que qué buscan? Pues la luna. Resulta que en estos días de Semana Santa, mientras por aquí abajo nos apiñábamos una madrugada más alrededor de una imagen divina para enseñarle a Zaragoza que la Piedad estaba otra vez en la calle, allá arriba una nave espacial surcaba el universo buscando encontrarse, para rodearla, con la luna. Apasionante siempre los viajes espaciales, esta misión llamada Artemis II ha ido aún más allá: ha llevado a cuatro seres humanos hasta la cara oculta de la luna, a una distancia de la tierra jamás alcanzada por un ser vivo de este planeta. Mientras tanto, la gente piadosa nos fuimos y volvimos de San Cayetano, celebramos el Ejercicio de la Piedad en San Nicolás, recorrimos el Santo Entierro, conmemoramos la vigilia Pascual y por fin dejamos a Nuestra Madre en su altar donde ya descansa desde el Domingo de Resurrección hasta la próxima luna llena de primavera. Otra vez la luna. Siempre la luna.
La luna, querido diario, resulta esencial en nuestras celebraciones pasionales. Y no es algo nuevo, existe una razón histórica que tiene que ver con la luna llena y más precisamente con la primera luna llena de la primavera, a la que los judíos conocen desde siempre como Luna de Parasceve. El caso es que como en este diario cualquier excusa nos sirve para encontrarnos y pasar un rato de amena conversación, pues si me lo permites te subo un momento al Artemis y volamos juntos hasta esa luna que nos interesa como cofrades, porque fija y determina año a año la fecha exacta y siempre cambiante en que los cristianos celebramos la Semana Santa. Esto es porque en el primer concilio de Nicea (año 325), la Iglesia fijó el Domingo de Pascua en el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera. De forma que Semana Santa nunca cae antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril. Aunque la fecha, claro, cambia.
Así que, querido diario, y para iniciar esta apasionante ruta, acudimos al Antiguo Testamento. Así te cuento que es en la luna llena después del equinoccio de primavera, cuando los judíos comienzan a celebrar la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto. Ya sabes: Moisés, el faraón, las plagas, la huída, las aguas que se abren, cuarenta años vagando por el desierto, el maná, la zarza ardiendo, las Tablas de la Ley y, por fin, la Tierra Prometida. Es decir, la Pascua judía, la Pesaj, que se conmemora el 15 de Nisán. Este mes, el primero del calendario bíblico judío, es el primero de la primavera, símbolo de la renovación y la esperanza. Traducido a nuestro calendario, parte de marzo y abril. Por eso nuestra Semana Santa comienza el domingo (de Ramos) anterior al que será la Pascua (el primero tras la luna llena de primavera antes referida). Por cierto, que elegir esta fecha del calendario tiene una vertiente eminentemente práctica, porque la luz de la luna llena facilitaba la peregrinación nocturna que muchos fieles judíos realizaban a Jerusalén para celebrar la festividad.
Todos los evangelistas afirman que Jesús murió el día de la Luna de Parasceve. Es decir, el día de la preparación de la Pascua. San Juan afirma que Jesús murió crucificado el día anterior, el 14 de Nisán. Cuenta el evangelista que como era una jornada muy solemne, los judiíos pidieron a Pilato que le quebraran las piernas y se lo llevaran al sepulcro con el fin de que no permaneciera el cuerpo colgado sin vida durante ese día de reposo. Ese es el momento en el que, aunque no aparece descrito en ningún evangelio, tras el Descendimiento, colocan al Hijo en brazos de la Madre. La Piedad.
La luna, la luna llena. Esta es la razón, combinada con la rotación de la tierra alrededor del sol, de que la Semana Santa vaya cambiando su calendario dependiendo, precisamente, del calendario lunar. Por cierto, para rematar esta lunática entrada del diario, te cuento que este año se ha dado una coincidencia perfecta y exacta en lo que tiene que ver con el asunto de las fechas de la Pasión. Según científicos de la Nasa la fecha de la muerte del Redentor se produjo un 3 de abril del año 33. Así lo corroborarían las referencias a la oscuridad repentina -las tinieblas a las que se refiere el evangelista y la luna roja que aparece descrita en los Hechos de los Apóstoles- que se produjeron tras la muerte del Redentor. Si estas circunstancias son, como parece, científicamente aceptadas, y la fecha indicada es comúnmente dada por buena, el Viernes Santo 3 de abril de 2026 alrededor de las tres de la tarde se cumplieron 1.993 años que Jesús de Nazaret, el Hijo de María, murió en la Cruz.
Pd: como no soy científico ni versado en Astronomía ni trabajo en la Nasa, no puedo asegurar que esto último sea cierto exactamente al cien por cien. Pero, aparte de esas menudencias, no me digáis que no es una historia preciosa. Yo más bien pienso, como el título de aquella película que veía siempre de niño en casa de mis abuelos por Semana Santa, que se trata de La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965). La de Jesús, me refiero, no la del diario, que sólo sirve para pasar un buen rato.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)









