Séptima semana de Pascua. PENTECOSTÉS: El Espíritu

Hechos de los Apóstoles (2,1-11):


1 Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar.

2 De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados.

3 Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos.

4 Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

5 Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo.

6 Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.

7 Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:

8 « ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

9 Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene;

10 hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes;

11 y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Un pasaje, el de Pentecostés, lleno de símbolos y pleno de esperanza en el futuro. Cincuenta días después de la Resurrección, (el número cincuenta significa, entre otras cosas, la culminación, literalmente, lo que está lleno) el ciclo se ha cumplido y la semilla comienza a dar sus frutos. En Jn 17, 20-26, Jesús vaticina esta misión, “estar consagrados a la verdad”, que es la construcción de un mundo justo.

Aún temerosos y quizá buscando apoyarse unos a otros, el Evangelio sitúa a los apóstoles “en el mismo lugar” es decir, en el mismo punto o situación,  desconcertados y pasivos “sentados”.

El estruendo, un acontecimiento que sacude sus vidas, como a nosotros nos ha sacudido la situación vivida con la enfermedad, y el fuerte viento que empuja y renueva el ambiente como el aliento de Dios que es, les obliga a reaccionar. Las llamas, el fuego, es signo evidente de la sabiduría infundida desde lo alto.

Aquellos hombres sencillos comprenden por fin aquello a lo que están llamados y empiezan a dar muestras de sus capacidades (carismas). Hablar lenguas extrañas, que simbolizan todo el mundo conocido, nos transmite la idea de que se sienten, son, capaces de todo con la fuerza del Espíritu y su acción es eficaz para todos a su alrededor, “todos les oían hablar en su propia lengua”.

Se trata en suma de aunar esfuerzos, de poner al servicio de los demás nuestras capacidades (que son más poderosas de lo que a veces queremos creer), y abandonar la pasividad y el miedo que pueda atenazarnos. Pentecostés simboliza el renacer de la Palabra, del mensaje del Evangelio.

Caridad (que viene de corazón) entre nosotros, caridad con los demás.

Que el Espíritu de Dios nos una en un sincero y verdadero amor y, conscientes de nuestras capacidades verdaderas, nos impulse a luchar por su causa.

“Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humanas”

Benedicto XVI.