Sexta semana de Pascua. La oración

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (16,23b-28):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.
Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente.
Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

En este pasaje de la semana, como en el de Hechos 1, 1-11 del domingo, la meditación nos conduce a la necesidad de una espera activa, en la que cultivemos nuestra interioridad espiritual. La oración, así se nos ha mostrado, es encuentro. Encuentro con la Divinidad, con los demás y con nosotros mismos. La oración, no  es evasión de la realidad del mundo, supone, más bien, repensar y “resentir” la realidad desde dentro y a la luz de la Palabra. Orar no es pedir solamente, es escuchar lo que Dios quiere de nosotros. 

San Ignacio, propone “contemplar”, durante la oración. Contemplar supone estar abiertos a lo que se nos ofrece, sin condiciones, sin reparos, pero no como espectadores pasivos, sino como “actores” a la espera de entrar en escena.

En este tiempo difícil en el que celebramos la presencia del Espíritu de Jesús, El Cristo, en nosotros,  se nos invita a buscar momentos, íntimos y diarios (quizá al principio o al final de la jornada, y en la paz del hogar o en el recogimiento de la iglesia), para escuchar lo que se espera de nosotros y para pedir fuerza para llevarlo a cabo.

Cuando oramos, ¿qué queremos que haga Dios? ¿Queremos influenciar a Dios con nuestras súplicas y doblegarlo para hacer nuestra propia voluntad, o buscamos realmente su voluntad? ¿En el diálogo de oración, reservamos tiempo para escucharle a él? ¿Nos percatamos acaso de que él nos habla en su palabra, en Cristo, en el evangelio? ¿Y que él nos habla también en nuestra historia personal, en los acontecimientos de la vida, en la gente que nos rodea? Si oramos en el nombre de Jesús, habríamos de hacerlo con la actitud de Jesús de apertura total a Dios y a su voluntad.

Te pedimos, Señor, que ahora, cuando muchos esperan ánimo y esperanza, el Espíritu nos inspire y nos haga proferir palabras alentadoras.

“La oración surge en el secreto de nosotros mismos”

Papa Francisco