‘…y del Santo Sepulcro’

Una reflexión de Enrique Abad.

El título de nuestra cofradía comprende esta segunda advocación, por ella llevamos la cruz potenzada en nuestra medalla, y pocas veces nos acordamos de ella.

Normalmente, para muchos, nuestras obligaciones para con la cofradía terminan el viernes tras la procesión del Santo Entierro y nos olvidamos del Sepulcro. El Sepulcro es el lugar en el que el cuerpo de Jesús es depositado por José de Arimatea y, según el evangelio de san Juan, también por Nicodemo (cfr. Jn 19,39). María Magdalena y la otra María (la de Cleofás, la madre de los hijos del Zebedeo, cfr. Mc 16,40) las acompañaron, se cercioraron de cómo habían colocado el cuerpo (cfr. Mt 27,61), se quedaron ahí velando el sepulcro de Jesús, pero ninguno pudo quedarse mucho porque era el día de la Preparación (cfr. Jn 19,42).

Nuestra devoción por la Virgen hace que en este tiempo en el que, tras la sepultura de Jesús, su Hijo permanece ahí depositado, es la que nos lleva a acompañar a esta Madre cuyo dolor nos resulta inimaginable. Una Madre que, como cualquiera, se resiste a irse del lugar donde han dejado a su Hijo, según la tradición (cfr. Directorio sobre piedad popular y liturgia, nn. 145-147). En ella está representada la Iglesia universal.

Contemplar el sepulcro con María forma parte de nuestra esencia. Nuestro anhelo de ayuda a Ella, en todas las que hoy no tienen otro consuelo, no se reduce a la solidaridad, es algo más propio nuestro, es caridad porque el sentido cristiano de la caridad está teñido de amor.

Ese amor tiene su máxima expresión en nuestra participación en la eucaristía, una comunión que no solo nos une a los hermanos con los que la compartimos, sino que también nos configura con el mismo Cristo (cfr. Jn 6, 55). Esa identificación nos obliga a intentar vivir como Jesús, esto no solo supone dar sino darnos. Esta es la esencia del amor incondicional que nos enseña el Señor.

Esta autoentrega que compartimos es la que nos lleva a los demás. Primero a nuestros hermanos, con quienes compartimos esta vocación; y, después, a todos los que nos rodean, a todas las personas que nos necesitan, especialmente a esa Mujer que sufre la injusta muerte de su Hijo.

Enrique Abad