De Blanco y Azul

La Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, constituida en Zaragoza el 1 de marzo de 1937 como primera cofradía filial de la M.I.A. y Real Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de Misericordia, erigida canónicamente por el Arzobispo de Zaragoza el 7 de abril de 1938 y que completó su advocación en 1941 con la leyenda: ‘Y del Santo Sepulcro’, es una asociación pública de fieles con su propia personalidad jurídica.

Estatutos de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro. Art. 1º


1 de marzo de 1937 – 1 de marzo de 2019

“Yo auguro y veo con ojos de fe muchos años de espíritu cristiano en la Piedad. Cuando avance el siglo XXI seguirán sonando los tambores de nuestra cofradía, con las plegarias y los esfuerzos de nuestros nietos”.

Luis de Diego Samper (+10-4-08) Hermano Consultor, Número 1 de la cofradía.

Para quienes creen conocernos bien, la cofradía de la Piedad es lo siguiente. Una larguísima lista de casi 1.500 hombres que en algún momento de estos últimos ochenta y dos fecundos años de vida se han vestido de blanco y azul. Trescientos hombres en una sección que, vestida de blanco y azul, pregona con sonidos roncos, guturales, el amor a la Madre de la Piedad. Doscientos hombres vestidos de blanco y azul que con la luz de sus hachas iluminan en la madrugada el cortejo de la Madre. Treinta hombres vestidos de blanco y azul que empujan o sostienen sobre sus hombros el milagro portentoso de belleza que es Nuestra Señora y su Hijo. Treinta y cinco hombres de blanco y azul que portan en las procesiones nuestros tradicionales atributos: desde el guión magnífico, hasta las picas de cierre. Ochenta y ocho hombres vestidos de blanco y azul que organizan, completan, colaboran, apoyan y sirven a la cofradía cuando la Piedad se pasea por las calles de la vieja Zaragoza. Todo esto es, para quienes creen conocernos bien, la cofradía de la Piedad: la primera, la de los gitanos, la del Boterón, la de las doce de la noche, la del Cristo del Refugio, la de los timbales, la de los caballos y sus jinetes con la cruz bermeja en sus capas, la del vía crucis al alba, la que abre el Viernes Santo, la del piquete finísimo, la de la seriedad, la del Cristo mecido como ninguno, la de las saetas, la de las calles abigarradas de público expectante, la de la emoción, la de la Virgen Madre, la del dolor inmenso en un rostro precioso, la de los claveles rosas, la de los claveles rojos, la de la espera, la que ilumina la noche, la que nunca varió su recorrido, la de los enormes mementos de pesada madera, la de los recuerdos, la de quienes ya no están, la de la mirada plena de ternura, la de la de la esperanza. La Piedad.

Efectivamente, todo esto es la cofradía de la Piedad. Pero nosotros, sus hijos, sabemos que hay más, mucho más. Cuando termina la procesión y se cierran las puertas del templo, la Piedad sigue en la calle. Cuarenta hermanos de la Piedad, vestidos de diario, que semana a semana, todas las del año, colaboran y trabajan y se entregan al prójimo en la Secretaría de Caridad. Treinta hermanos de la Piedad que, vestidos de calle, cada semana sirven la cena a los transeúntes del Refugio. O el medio centenar largo de cofrades de la Piedad que cada tercer lunes de mes acuden a la oración en San Felipe, en busca de un momento para la reflexión en calma dirigido por nuestro Viceconsiliario. O los cofrades que con sus familias acuden cada primer domingo a nuestra misa. Todo esto, que no se ve, donde no hay alharacas, ni ruido, ni incienso, ni público, también es la Piedad.

Pero, además, la Piedad, la de verdad, la de puertas para adentro, ha sido a lo largo de nuestros ochenta y dos años de historia, la Piedad de nuestros capellanes y su dirección espiritual continuada: don Leandro, don Antero, don Luis Antonio, don Sergio. La Piedad poco ​conocida es la de nuestros Hermanos Consultores –herederos en su cometido de aquella primera y legendaria formada estrictamente por hermanos fundadores-, hoy, como siempre, memoria muy viva de nuestra historia. La Piedad que no ve la gente es la de la Junta de Gobierno: trabajo, trabajo, desvelos, desvelos. La Piedad en la sombra es la de nuestros enfermos, la de los desafortunados en nuestras propias filas, la de nuestros fallecidos desde la fundación de la cofradía. Y, por supuesto, la que se da cita en la querida iglesia de Santa Isabel, el día grande de la Fiesta de la Titular. Es el día de la Madre para los cofrades de la Piedad. El gran momento de esta cofradía. El instante clave donde todo cobra sentido. Cofrades de la Piedad que saben por qué y para qué acuden a los pies de la Virgen cada Domingo de Pasión con el corazón vestido de blanco y azul. Esto, que el resto no ve, y muchas más cosas, es la cofradía de la Piedad. La de verdad.

Pero también es nuestra cofradía un cuerpo en constante evolución. Avanzar en el tiempo pero sin olvidar quiénes somos y de dónde venimos. Por eso lo diremos una vez más, como desde hace ochenta y dos años. Fueron los Beltrán, Sanvicente, Peclós, Zaldívar, Herrando, Sanz, Morón, Baquedano, Sales, Montserrat, Bastero, y muy pocos más, quienes lograron la heroicidad que en el año 1937 resultó la fundación. Estos nombres, junto con los de los cien primeros hermanos de nuestra larguísima lista, son artífices de una historia grande construida a través de la fe, el intelecto, el esfuerzo y el riesgo de hombres magníficos. No hay espacio aquí para historiar ochenta y dos años de nuestra cofradía. Pero merece la pena buscar y rebusca y ser leída, contada y conocida por quienes cada año, al despuntar la primavera, acudimos al encuentro con Nuestra Señora vistiendo de blanco y azul. Como lo han hecho los hermanos de la Piedad desde hace hoy ochenta y dos años. Los que cumple la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro. ¡Felicidades a todos!

Este texto, su contenido y su intención, está inspirado por la obra y los desvelos de los veinte Hermanos Mayores que desde el año 1937 hasta hoy, han dirigido, tutelado y trabajado para alcanzar y desarrollar la magnífica realidad que es la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro. A todos ellos está dedicado este escrito desde el más absoluto respeto, admiración y afecto.

Fernando Beltrán Ciércoles (1937-1944), Antonio Blasco del Cacho (1945-1948), Manuel Balet Salesa (1949-1952), Luis Blasco del Cacho (1953-1956), Juan Cardona Cequiel (1957-1961), Juan M. de la Aldea Ruifernández (1962-1965), José María Franco de Espés y Domínguez (1966-1967), Emilio Parra Gasque (1968-1971), Carmelo Zaldívar Iglesias (1972-1975), José Castillón Lacorte (1976-1979), Antonio Saz Julián (1980-1983), Alfonso Villanueva Alapont (1984-1987), Roberto Gracia García (1988-1991), Santiago Gonzalo Andrés (1992-1995), Salvador Gil Loscos (1996-1999), Francisco J. Bernad Alfaro (2000-2003), Enrique González Paúles (2004-2007), Andrés J. Vitoria Ágreda (2008-2011), Constantino Ríos Mitchell (2012- 2015) y José M. Etayo Borrajo (2016-2019).

Fernando Ornat Ornat