La primera salida de la Madre

La Semana Santa de 1871 se anunciaba apasionante en aquella Zaragoza de la segunda mitad del siglo, todavía de costumbres rurales, profundamente católica y empeñada en dejar atrás de una vez los desastres de la guerra. Recogida y enlutada, enraizada en sus tradiciones seculares, la semana de pasión aparecía en el calendario zaragozano como uno de los momentos más solemnes e importantes del año, por encima entonces de la Navidad que se celebraba con menos boato. La ciudad se
volcaba con su Semana Santa, se echaba a la calle por multitudes para contemplar la pasión contada por la Sangre de Cristo. Además, durante la Cuaresma de aquel 1871 se había corrido por la ciudad la noticia de que la Hermandad enriquecería su ya magnífico patrimonio con una nueva talla. ‘La próxima procesión de Semana Santa se aumentará con un nuevo paso que representa a la Virgen en el acto de envolver en la sábana a Jesús para enterrarlo’, contaba escuetamente el Diario de Zaragoza en su edición del 29 de marzo de 1871. Y los zaragozanos conjeturaban en sus tertulias sobre cómo sería la nueva imagen o qué nombre llevaría.

De lo que no había ninguna duda era de la calidad de la obra, porque a esas alturas ya era público y notorio que el pedido dependía de la experta y delicada gubia del maestro don Antonio Palao y Marco. Así lo había hecho ya saber el Diario de Zaragoza el 27 de octubre de 1870, con una información que levantaría la polémica:
‘La Hermandad de la Sangre de Cristo, consecuente con sus propósitos de introducir innovaciones y mejoras en la solemne procesión del Santo Entierro, ha encomendado la construcción de un paso representando La Caridad, al conocido escultor y profesor de esta Academia de Bellas Artes Antonio Palao’. La Sangre de Cristo consideró inexacta e incompleta tal información achacada entonces a una filtración del propio Palao. Y por boca de su Mayordomo, por entonces don Manuel García y Mostalac, se aprestó a deshacer y aclarar el entuerto en el mismo rotativo con una carta rubricada de su puño y letra, que se publicó el 12 de noviembre de 1870. ‘La señora Ana Falcón y Bravo, viuda del malogrado don Enrique Almech y Langarita, concibió la piadosa idea de contribuir al complemento de la procesión general del Viernes Santo mandando construir a sus expensas el paso llamado La Soledad, el que representa a la Madre de Jesús al pie de la Cruz con su Hijo después del Descendimiento’.

O sea, que no era la Sangre de Cristo quien había encomendado la construcción ni la obra se llamaría La Caridad. Y ya lanzado, don Manuel aún daba más datos: ‘Doña Ana comunicó a esta Antiquísima Hermandad, que el artista había dado la promesa de tenerlo todo concluido y a disposición de la Hermandad, el Domingo de Ramos del año próximo y viniente”. Y aquí un detalle que nos interesa y que justifica este artículo y el breve repaso histórico: Antonio Palao cumplió su palabra y entregó el encargo a doña Ana Falcón y Bravo justo el ‘Domingo de Ramos del año próximo y viniente’. O sea, el 2 de abril de 1871. Exactamente a las cuatro de la tarde de ese día tuvo lugar en el Palacio Arzobispal la bendición del nuevo paso, que a continuación fue conducido procesionalmente a San Cayetano por el cuerpo de receptores de la Sangre de Cristo ‘con túnica y hacha o cirio’. Cuentan las crónicas que al arribar el paso a la iglesia de Santa Isabel se cantó el Stabat Mater. Con el tiempo, aquel paso de la Soledad –unas vírgenes que en la zona de Murcia, de donde era natural Palao, también son denominadas como La Caridad o De las Angustias- fue conocida popularmente en Zaragoza como la Piedad. Y así llegó hasta nuestros días desde aquel otro 2 de abril de 1871, cuando Nuestra Señora caminó por primera vez por las calles de aquella vieja Zaragoza. Hace hoy 145 años.

Fernando Ornat

 

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