Palabras de amor en San Cayetano

Una reflexión de Fernando Ornat.

El silencio en San Cayetano se hace espeso, pesa en el aire, golpea el alma. El dolor en San Cayetano entra con paso solemne por la nave central y se queda trabado a medio camino entre la garganta y el corazón de los cientos de testigos del duelo. En el exterior, la mañana sin sol es gélida, metálica. Cuando se cierra el enorme portón, en el interior de San Cayetano el silencio, el dolor, se tornan estruendosos. Insoportables. A qué sujetarse, nos preguntamos aturdidos, espantados, acongojados. A qué encomendarse. A quién acudir. Dónde buscar consuelo cuando la muerte inmisericorde nos arrebata a destiempo a  la madre, la esposa, la hija, la hermana, la amiga, la compañera, la confidente. A quién mirar cuando esa mano ingrata y helada nos roba su amor, su presencia, su rostro, su bondad, su sonrisa, su afecto, su mirada. ¿A quién acudir? De pronto un hombre se pone en pie. Lleva prendida la soledad terrible en la mirada. El paso lento, el gesto agotado por el sufrimiento de las últimas horas, de los últimos días, semanas, meses, años. No lo esconde, ni lo intenta. Forma parte de su mensaje, de su  testimonio de amor y de fidelidad a la esposa que acaba de perder. A la madre de su hijo. Al amor de su vida. Por eso, cuando se dirige a la silenciosa bancada repleta de amigos, su voz suena algo cansada, pero segura. El hombre dolido agradece presencias. El esposo enamorado se despide de su amor. El padre protector consuela al hijo, a los abuelos, a los hermanos, a los amigos. Sin perder nunca el tono afectuoso, sin descuidar nada, sin olvidar a nadie. Antes de terminar, un recuerdo más de gratitud: “A mis hermanos de la Piedad”. Y una oración. La que rezó cada día con ella, tantos días. A la que ambos se sujetaron en los peores momentos. En la que se confortaron cuando todo era caos alrededor. A la que acudieron juntos cuando supieron que la hora estaba próxima. Todo lo explica con natural y emocionada sencillez el hermano de la Piedad, nieto e hijo de cofrades. Padre de cofrade. Desde que le alcanza el recuerdo, lo más importante, tracendente, intenso de su vida ha sucedido siempre entre las paredes de este templo y en el seno de esta cofradía. Desde que le alcanza el recuerdo… Así, desde el mismo altar en el que ayer le prometió a ella jubiloso amor, hoy le reza también palabras de amor que saben a despedida y que por un instante le quiebran la voz. No se detiene. Contenido, elegante, sincero, digno, resignado, consciente, enamorado. El cofrade de la Piedad nos enseña a todos, sin pretenderlo, que pese al dolor insoportable, a la soledad, a la adversidad, a la injusta ausencia, existe el consuelo de la oración y la esperanza que otorga la fe. Por eso, mientras le oímos rezar despacito, el alma se nos va llenando de paz, el corazón de amor y los ojos de lágrimas pesadas. Y sus hermanos buscamos en un acto reflejo, casi sin pensarlo, casi al unísono, la mirada y el rostro dulce y amoroso de la Madre. A la vez que nos invade una repentina sensación que nos conforta. Porque estamos seguros de que ya descansa feliz en el regazo de Nuestra Señora de la Piedad, la esposa amada, la madre cariñosa, la hija querida, la hermana imprescindible, la amiga insustituible. Nuria, la mujer que se fue demasiado pronto para cuidar a sus dos Ángeles desde el cielo.

‘Espíritu Santo,
alma de mi alma, yo te adoro.
Ilumíname,
Guíame,
fortaléceme,
consuélame, 
inspírame lo que debo hacer.
Te pido que dispongas de mí,
porque prometo obedecerte
y aceptar todo lo que permitas que me suceda.
Sólo hazme conocer tu voluntad. 

                                                Amén’

Con amor, emoción y respeto
Fernando Ornat Ornat