Jornada octava

Jornada octava (Octava Estación), La mirada de Jesús. Lc. 22, 54-62.

Pedro, sigue de lejos a Jesús, guarda cierta distancia, hasta que Jesús le mira. Dice Lucas que lloró amargamente pero, de seguro, la mirada de Jesús fue de perdón, no de reproche.

Desde siempre, ser coherente con la fe implica  arriesgar, al menos la seguridad, cuando no la vida y no hemos de olvidarlo. Nuestro día a día, ése que nos puede convertir en “distantes” a causa del confinamiento, nos invita, de nuevo, a no guardar distancias con Jesús, a caminar junto a Él  y junto a los demás y asumir lo que venga, aunque a veces tengamos ganas de llorar.

Danos la valentía, Señor, de mirarte a los ojos y reconocerte en las miradas de los demás, a seguirte de cerca y a confesarte públicamente.

“Como cristianos, estad siempre alegres, os lo repito, estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca, no os agobiéis por nada”

De Pablo a los Filipenses. V. 2, 4-6.

Lc. 22, 54-62

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. 
Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. 
Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. 
Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. 
Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. 
Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. 
Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. 
Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. 
Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

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