Querido diario:
Un día de estos -hoy, ayer, la semana pasada…- según cuando leas esto, la cofradía de la Piedad habrá cumplido 89 años de existencia. Un día de estos -hoy, ayer, la semana pasada…- si miras el calendario podrás comprobar que una vez más, y van 89, otra vez ha sido 1 de marzo. Por si lo has olvidado o te has despistado o vives en Babia, querido diario, te diré que fue otro 1 de marzo de 1937, hizo justo 89 años un dìa de estos -hoy, ayer, la semana pasada…- que empezó todo. Casi nueve décadas transcurridas, cuando pienso en aquellos primeros siete, que luego fueron veinte y enseguida treinta y nueve, y busco en mi cerebro torpe y lento palabras gruesas, grandilocuentes, para definirlos, para explicarlos, para enfatizar un algo más la inmensidad de su creación… no las encuentro. Eso sí, aún recito sus nombres de memoria como una letanía consoladora, repitiendo aquella frase mítica de don Leandro Aína, primer Capellán, que lo explica todo: “Fueron los Beltrán, los Sanvicente, los Peclós, los Zaldívar, los Sanz, los Herrando, los Morón, los Baquedano, y pocos más, quienes plantaron la primera semilla de lo que hoy es la gloriosa cofradía de la Piedad que todos conocemos y de la que todos nos enorgullecemos”. Así arrancó en su origen esta cofradía: con poca gente, mucho talento y aún más fe.
Como este año el día 1 coincide con el primer domingo del mes de marzo, decido acercarme a San Cayetano para ver a la Virgen. Se lo debo a Ella, a mi cofradía, a mí mismo y, sobre todo, al recuerdo de aquellos hombres magníficos que en la Cuaresma de hace 89 años, y aún antes, concibieron e hicieron realidad un alto y elevado sueño, también ambicioso y hasta peligroso. Y fundaron la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, cuyo nombre se completó con la leyenda ‘y del Santo Sepulcro’ cuando en el año 1941 la cofradía fue agregada a la Hermandad de Tierra Santa y autorizada para añadir esta maravillosa coletilla a su título primitivo. Apenas he escrito unas líneas, querido diario, y ya me han aparecido dos hitos extraordinarios: la propia fundación -recordemos que se llevó a cabo en pleno conflicto civil- y casi a continuación la inclusión en la Hermandad de Tierra Santa. Por si pierdes la perspectiva, querido diario, te recuerdo que estamos hablando de hechos que acontecieron en mitad de un mundo que ya ardía por los cuatro costados, con lo que sólo albergar la intención de ponerse en contacto con Jerusalén desde la entonces humilde y provinciana ciudad de Zaragoza, pudiera antojarse aventura algo más que descabellada. Pues lo hicieron. Y eso que en el listado alcanzaban la cincuentena por los pelos. Pero ya te he dicho muchas veces, querido diario, que lo de estos hombres no era muy normal. Y aquí, siguiendo la lista, recuerdo a los siguientes veinte, algunos de ellos sin ni siquiera estar presentes en la ciudad por encontrarse en los campos de batalla: Luis Baquedano, José Sales, Luis de Diego, Jaime Montserrat, Antonio Teixeira, Ramón Aragüés, Juan Bautista Bastero, Andrés Querol, Ángel Camo, José Cabrejas, José Villanueva, Ángel Duque y Miguel Guajardo.
Siempre que traspaso ese portón inmenso y añorado, entre los muros tan queridos de San Cayetano, encuentro calor, reafirmo mi fe, recargo mi esperanza. Y, a veces, hasta encuentro inspiración contemplando emocionado la emoción de quienes contemplan arrobados el rostro de Nuestra Señora. Eso me sucedió este domingo 1 de marzo al sentir esa sensación entre los escasos cofrades que se postraron ante el altar de la Madre de la Piedad.
¡Qué momentos tan íntimos de recogimiento cara a cara con Ella! Entre la quincena o poco más de asistentes, y con el silencio del templo, veo a un viejo cofrade hincando de rodillas sus ochenta y ocho años. Sólo uno menos que los de nuestra cofradía, a la que llegó en el año 1946. Es hijo de un cofrade que fue Hermano Mayor de apellido conocido e ilustre entre nuestras filas. Pero allí, postrado ante Ella, nada de eso tiene importancia alguna. Mirándolo, delante de mí, apenas a unos metros, siento su respiración entrecortada y notó, casi puedo palparla, la emoción que se le apodera casi hasta el llanto malamente contenido. Y una vez más comprendo que mi cofradía me ofrece otra lección magistral de humildad, de sencillez, de gesto grande sin necesidad de alharacas. Eso es la Piedad desde hace ochenta y nueve años. Eso continúa siendo hoy. Emoción serena. Entrega callada. Amor.
Y a partir de aquí encuentro una salida, una palabra para definir a esos hombres de la primera hora que arriesgando mucho hicieron realidad el sueño soñado. Y recuerdo aquella conversación de hace mucho tiempo con un hermano veterano nacido en el seno de la institución e hijo de uno de los primeros fundadores. Yo, en mi ignorancia, le preguntaba sobre la personalidad de aquellos primeros fundadores. ¿Cómo eran, qué virtudes les adornaban? Sin embargo, el antiguo cofrade, que conoció todo y a todos, me lo resumió de manera fantástica y simple: “Eran hombres normales, gente de orden”. Y añadió: “Pero gente con un objetivo, que sabían lo que tenían que hacer para sacarlo adelante y, sobre todo, sabían cómo hacerlo”. Tan bien hicieron las cosas, tan claro tenían el objetivo, que hoy, 1 de marzo de 2026, todo en esta santa cofradía sigue en el sitio donde ellos lo colocaron hace ochenta y nueve años. Que son muchísimos. En su honor, dedicado a todos ellos, esta entrada del diario. Confío en que te parezca oportuno, querido diario.
Pero antes de marcharme te completo, querido diario, la lista desde los veinte hermanos ya nombrados hasta los treinta y nueve hábitos piadosos que desfilaron por primera vez en la aquella lejana tarde del Viernes Santo en la procesión del Santo Entierro: Antonio Azuara, Antonio Doñaque, José Moliner, Pedro Pitarque, García García, Miguel Blasco, Aurelio Navascués, José María Lasala, José Guallart, Juan Carlos Hidalgo, Laureano Labarta, Manuel Fuembuena, Alberto Escudero, Vicente Escudero, José María Julve, Francisco Caballero, Alejo Castillo, Mauricio Murillo y Enrique Villanueva. Treinta y nueve hombres normales, gente de orden. Pero treinta y nueve cofrades magníficos cuyo legado jamás debemos olvidar todos aquellos quienes desde hace ochenta y nueve años hemos tenido la maravillosa oportunidad de vestir, siquiera alguna vez a lo largo de los años, esa blanca librea que distingue a sus hijos: los cofrades de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro. A todos vosotros, hermanos cofrades, felicidades, enhorabuena y gracias.
Pd histórica: Esta cofradía es la primera que, como filial de la Hermandad de la Sangre de Cristo, se constituyó en Zaragoza, estableciéndose canónicamente en la iglesia de Santa Isabel de Portugal, vulgarmente llamada San Cayetano. Fundada en la Cuaresma de 1937, los cofrades asistieron por primera vez dicho año, por vez primera, y en cuerpo de hermandad, a la procesión del Santo Entierro. Aprobados los estatutos por el Capítulo General reunido el 13 de marzo de 1938 en la Sala Capitular de San Cayetano, fueron estos sancionados por la autoridad eclesiástica. El Señor Arzobispo nombró Capellán Director de la cofradía al Doctor Don Leandro Aína Naval, profesor del Seminario Metropolitano. La primera Junta de Gobierno -formada por los siete primeros cofrades aludidos más arriba- figuró como primera Junta Consultiva. Uno de los primeros acuerdos tomados fue el arreglo del paso. El año 1938 salieron por primera vez en la procesión de la madrugada del Jueves al Viernes Santo. El itinerario adoptado el primer año para el traslado de la imagen a la iglesia de San Nicolás de Bari no ha sufrido modificación. El primer vía crucis se hizo el año 1938 en el interior de la iglesia de San Nicolás en la tarde del Viernes Santo. En 1939 se hizo por las calles del barrio, a continuación de la procesión de la noche, con las estaciones predicadas. En 1940 fue arreglado el altar de la Titular. En 1941 fue declarado ‘Altar Privilegiado Cotidiano Perpetuo’. Desde ese mismo año, previo acuerdo con la Junta de la Hermandad del Refugio, se saca en la procesión nocturna, y en la tarde, la devota imagen del Cristo de la Piedad, bellísima talla del siglo XVII, ejecutada por un discípulo de Juan de Mesa. El socorro reglamentario y recogido en los estatutos a la madre desvalida, recibe un incremento notable desde el año 1944.
Hasta pronto, querido diario.










