Querido diario:
Puede que ver el título de mis confesiones de hoy te sugiera que el tema que te traigo, querido diario, tiene que ver una vez más con algo relacionado con la sección de instrumentos: maza de timbal, mazo de bombo o cosa por el estilo. Pero mira por donde, ni siquiera te acercas. Te has precipitado, porque lo que en realidad vengo a relatarte es algo mucho más fuerte, salvaje, casi sádico. Un atentado en toda regla obra de un vándalo que a punto estuvo de terminar con una de las obras de arte más importantes y bellas de la historia de la humanidad y con una escultura que a nosotros nos toca especialmente el alma pese a la distancia. Te voy a hablar de la Pietà de Miguel Ángel Y concretamente de la infausta mañana en que un ¿desalmado, loco, perturbado, imbécil? descargó a mazazos toda su ira sobre la imagen, que quedó más que seriamente dañada y mutilada. Ya ves que el mazo del título nada tiene que ver con el del ruido, sino de una herramienta mucho más siniestra. Como su dueño.
¿Qué cómo he llegado a esta truculenta historia, te preguntarás? Pues para explicártelo, querido diario, he de remontarme a cuatro alegres días de finales de octubre y principios de noviembre del año pasado, durante los cuales participé en la peregrinación de nuestra cofradía a Roma. Ya sabrás, porque se ha contado, que el grupo de peregrinos piadosos cruzaron cuatro puertas santas, procesionaron siguiendo la Cruz hasta la tumba de San Pedro e incluso descendieron a las catacumbas donde se celebró una misa maravillosa. ¡Y hasta recibieron la bendición del Papa! Bueno, pues resulta que en uno de esos días, y nada más entrar en la basílica de San Pedro, nos encontramos con la Pietà. Desde luego que todos éramos conscientes de que iba a estar allí, por lo que en ese aspecto no constituyó sorpresa alguna. Eso sí, el espasmo emocional que a todos nos recorrió el cuerpo, nada tuvo que ver con el del resto de visitantes que se enfrentaban a la magistral pieza del arquitecto, escultor y pintor florentino, gloria del Renacimiento, considerado uno de los más enormes artistas que la humanidad ha conocido. Y es que nosotros, cofrades de la Piedad, nos veíamos cara a cara con la más extraordinaria representación de nuestra devoción. Y qué quieres que te diga, querido diario, Palao es Palao, nada que objetar y sí de adorar. Pero Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni… En fin, no hay palabras.
En estas estábamos -tratando de regatear al personal de seguridad del templo que nos instaba, sin conseguirlo, a no detenernos delante de tan prodigiosa canto a la belleza-, cuando escuché una conversación, o más bien explicación, que primero me interesó, después me fascinó y en todo momento me puso los pelos como escarpias. Nuestra amable y esforzada guía romana relataba las bondades y peculiaridades del artista y su obra, cuando alguien cuestionó la inoportunidad del grueso cristal que separa y protege a la Madre y al Hijo que sostiene, del público que contempla semejante milagro artístico. Y ahí arrancó la historia que hoy vengo a contarte y que quizá ya conozcas, pero por si acaso yo te la dejo aquí con pinceladas piadosas. Piadosas de Zaragoza, me refiero.
Y ahora viajamos a la mañana romana del 21 de mayo de 1972. Alrededor de las once y media un grupo de turistas accede al interior del grandioso templo por la misma puerta que los peregrinos piadosos los haríamos algo más de cinco décadas más tarde. Entre el ruido, el vocerío y la confusión habituales, nadie se percata de que súbita y sorpresivamente un hombre ha saltado un pequeño obstáculo y, casi en el mismo impulso se ha encaramado a la Pietà. La tragedia se consuma al mismo tiempo que el público descubre en la mano del hombre un mazo enorme (más tarde se comprobaría que pesaba cinco kilos) con el que ya ha empezado a golpear la imagen furiosamente, indiscriminadamente. La cabeza, los brazos, el rostro… Los mazazos van destrozando, rompiendo, separando, picando el mármol sagrado. Y sobre los gritos de ayuda, los lamentos de horror, las súplicas para que se detenga, se escucha el alarido animal del individuo que rebota entre las columnas milenarias y espanta un punto más si cabe a quienes lo escuchan: “¡Cristo ha resucitado! ¡Yo soy el Cristo!”.
Al tipo lo detuvieron, claro. Cuentan que los carabinieri hubieron de emplearse a fondo para que los testigos del escarnio no lincharan al vándalo o al loco o al perturbado o al imbécil. A duras penas lo consiguieron y así en la comisaría pudieron identificar al geólogo australiano (aunque originario de Hungría) llamado László Tóth. Hasta aquí los hechos y el autor de los mismos. Culpable, claro. Pero me imagino que ahora querrás saber, querido diario, qué pasó, cómo terminó todo y qué fue del pájaro en cuestión. Pues te cuento que el señor Tóth (que Dios confunda) pasó una temporada en una institución psiquiátrica italiana, que nunca fue juzgado por tan deplorable atentado a la belleza, a la cultura, al arte, a la historia y a los sentimientos religiosos y la devoción de millones de seres vivos de todo el orbe y que, pasado un tiempo, regresó a Australia donde vivió la vida sin mayores inconvenientes. Al menos en lo relacionado con lo que hizo aquella mañana del mes de mayo de 1972, cuando, armado con un mazo enorme, decidió destruir la imagen del amor más grande, bella y perfecta que jamás un ser humano concibiera.
Pd: Cuando nuestra guía terminó la historia, mucho mejor contada, nadie de entre los escuchantes dijo esta boca es mía en contra de todos los sistemas de protección que se hayan inventado o estén pendientes de implementar en cualquiera de los espacios que guardan obras de arte a lo largo del ancho mundo. Y a uno, sin querer ser agorero, se le fue el pensamiento hacia el interior sombrío de San Cayetano, donde, en un altar bellísimo aunque arrinconado, aguarda en soledad durante gran parte del año la Piedad. No quiero ni pensarlo… Y por cierto, y antes de irme, te cuento que la restauración de la Pietá comenzó inmediatamente. Y se recompuso desde el polvo hasta devolverle toda su magnificencia. No fue un milagro, fueron técnicos, artistas, restauradores, científicos, historiadores, artistas… gente extraordinaria que se negaron a dejar morir la belleza (y que conste que esta última frase, aunque espléndida, no es mía).
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)









