Querido diario:
Hoy te cuento que anda este febrero revuelto y tristón. Húmedo y frío. Mientras te informo de este inesperado parte meteorológico, me vienen a la cabeza esas tardesnoches de ensayos con mis juveniles manos ateridas, como a punto de nieve por el viento gélido zaragozano (cierzo lo llaman y dicen que ya acogotó incluso a las rudas legiones romanas) que te corta de arriba hasta abajo y de afuera hacia dentro, como afilado cuchillo jamonero. Sin embargo el invierno de este 2026 está siendo menos frío, más lluvioso. Y eso hace que con el cielo encapotado día sí, día también, irremediablemente se nos nuble también un algo el alma. Y entre chaparrón y chaparrón, una mañana de estas sonó mi teléfono a deshora para avanzar la mala nueva: la madre de uno de mis amigos del alma, acababa de partir al encuentro con la Madre. Lo que pensaba: un triste febrero, me dije, mientras al otro lado del ventanal el cielo se oscurecía y descargaba un chaparrón.
Seguro que tú, querido diario, siempre tan puntilloso, habrás notado que acabo de utilizar esa fórmula reservada para los hijos de la Piedad llegada su hora de la Verdad. Pues te digo que no te debería asombrar y menos chirriar en el caso referido. Porque te cuento que esta señora que se nos ha ido, prácticamente nació con y en la institución piadosa, hace cerca de noventa años. Y te cuento también, que a lo largo de su larga existencia fue hija, hermana, esposa, madre, cuñada y hasta tía (y tía abuela) de cofrades. Te cuento que su padre fue uno de los poquísimos primeros fundadores de esta cofradía, que formó en la primera Junta de Gobierno y que, en consecuencia, fue miembro de la primera Consultiva, compuesta, te recuerdo, sólo por siete legendarios cofrades: los auténticos fundadores de la cofradía de la Piedad. Así que espero que comprendas, y compartas, la razón por la que me tomo la licencia de despedirla con idéntica letanía que para un miembro de la familia de la Piedad. Porque ella lo fue, lo es y ya lo será para siempre.
Sin embargo, y siendo cierto todo lo que te acabo de relatar, he de confesarte que la auténtica razón que me lleva a escribir estas líneas no arrancó exactamente, siendo importante, de toda la anterior premisa. Lo que de verdad me conmovió y me trae hasta aquí, se produjo ya pasados los momentos más complicados y emotivos para la familia que se vio en semejante trance. Entiéndase: velatorio, funeral, misa, sepelio. Concluido tan penoso trámite, estaba yo con mi amigo tratando de no dejarlo solo, de acompañarlo en el desconsuelo compartiendo vacuidades… cuando de pronto lo soltó: “No podía imaginar lo reconfortante que me ha resultado que haya venido, y haber tenido cerca en este momento, a tanta gente de la Piedad”. La frase, ni rebuscada y quizá ni siquiera especialmente sensiblera. me recorrió sin embargo la espina dorsal como un repentino calambrazo. No me dijo ni le dije nada más, pero aquellas palabras y el mensaje que contenían se quedó flotando en el aire como una certeza incuestionable. Y en mi cabeza.
Aquella noche te confieso que dormí regulero. Vuelta para aquí, bostezo para allá, hubo un momento en que creí encontrar el motivo de mi desvelo, que iba acompañado de cierto desconsuelo. Cuando finalmente se me abrió la mente fui consciente de que lo verbalizado por mi amigo lo había vivido yo de forma absolutamente idéntica en idéntica circunstancia: aquella tarde amarga en la que despedí a mi madre. Recordé el dolor insondable, el sabor acre de la amargura infinita atravesado en el paladar, el dolor físico de la separación, el vértigo infinito de no volver a su cálido abrazo, el desgarro de haber perdido su amorosa voz para siempre. Todo eso recordé angustiosa y vívidamente. Y sin embargo…
Pues de pronto me vino a la cabeza muchas de las cosas que sucedieron esos tristes días. Y recordé presencias, algunas inesperadas, recuperé muestras de afecto impagables, recibí llamadas consoladoras, palabras afectuosas, compañías reparadoras… La gente de la Piedad, nuestra gente, mi gente, cercana, atenta, presente. Y eso, jamás lo había pensado, me ayudó, me consoló, me revivió, me dio fuerzas, me hizo creer todavía con más fe en el mensaje magnífico y eterno que guardamos celosamente en la mejor estancia de nuestros corazones los cofrades de la Piedad. Después me di cuenta que yo mismo, a lo largo de los años, he repetido esas mismas acciones reparadoras y hasta auxiliadoras para aquellos de mis hermanos que han ido perdiendo tristemente a personas tan fundamentales en sus vidas: padres, hijos, hermanos, amigos… Pero siempre, en la hora más oscura, una luz ilumina el dolor aunque no lo haga desaparecer: el amor cercano de otros cofrades de la Piedad. Lo dijo mi amigo tan querido: “Que reconfortante es tener cerca en estos momentos a tanta gente de la Piedad”. Y tiene razón, lo es.
Pd: Los días pasan veloces, se fue enero y febrero empieza a acelerarse, en pocos días será marzo y la primavera comenzará a mostrar los primeros rayos de ese sol abrileño, aún tibio, que nos calienta sin quemar en las primeras horas de la tarde del Viernes Santo en San Nicolás. Pero esos días todavía quedan lejos, de momento continúa la lluvia y las horas de oscuridad en el cielo y en algunos corazones. En cualquier caso, cofrade de la Piedad, ten esperanza, porque no estás solo. Te acompañan todos tus hermanos. Sigue lloviendo, pero un poco menos.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)







