Querido diario:
Hoy te llevo, querido diario, a la presentación de una obra en forma de ensayo titulada La Soledad, y escrita por el psicoanalista argentino Gabriel Rolón, cuyo argumento transcurre entre los complejos vericuetos de la condición humana a partir de la aproximación a personajes tan relevantes como Kafka, Mary Shelley o García Márquez. Si te has quedado ojiplático y un tanto despistado ante este inesperado alarde literario, no te inquietes porque aquí se pone punto y final al improvisado programa cultural que me ha brotado de buenas a primeras. Eso sí, nos quedaremos con algo del libro aludido, con el título: La Soledad. Porque precisamente es de lo que pretendo hablarte hoy, querido diario, en la versión que toca a la cofradía de la Piedad. Y es que recordarás que en nuestra Secretaría de Caridad se ha puesto en marcha ya hace algún tiempo una acción que tiene como objetivo combatir con nuestras limitadas pero infatigables fuerzas esa lacra que asola a muchas personas en el inhóspito mundo en el que habitamos, en el que algunos viven muy solos. Te hablo de lo que se ha dado en llamar, Soledad no deseada.
La soledad que se pretende atacar desde la Piedad, y que nombro en el párrafo anterior, no es ese aislamiento individualista y hasta liberador y confortable buscado conscientemente, puede que hasta satisfactorio. Ni tampoco se trata de ese ocasional retiro voluntario a nuestros cuarteles de invierno para alejarnos momentáneamente del mundanal ruido buscando la paz, el sosiego, la meditación o un desintoxicador viaje interior. La soledad que nos preocupa y ocupa es esa que se derrumba pesadamente sobre el individuo como una losa granítica. Que aplasta y que duele. Que resulta espesa y abrumadora. Que siembra de miedo y oscuridad y tinieblas el día y la noche de quien la padece. Que termina con los sueños, que mata la esperanza, que revienta las ilusiones, que destruye la confianza, que torna en pesadilla cada amanecer de cada nueva jornada. Estar solo, no tener a nadie. Vivir ante un abismo sin final, ante un tunel sin salida. Vivir solo sin querer estarlo. Todo este drama se esconde tras la soledad no deseada.
Mientras en español solo tenemos una palabra para designar la soledad, sea en uno u otro sentido. En inglés, idioma léxicamente más rico, la palabra soledad se separa en dos, explicando de manera mucho más explícita y rotunda sus diferentes acepciones. Así, mientras que solitude describe el estado positivo de la soledad, loneliness se refiere a la soledad que duele, a la parte más áspera del término. Es esta última en la que, por si no lo sabías, querido diario, gente buena, de lo mejor que habita la Piedad, trata de ayudar. Y a partir de aquí hay que cuestionarse el cómo ayudar y ante todo el a quién ofrecerle compañía. Y no es tan sencillo, porque aquí aparece la cara oculta de este fenómeno: lo que tiene de estigmatizante para el indeseado protagonista, quien muchas veces se resiste a incluirse en tan cruenta lista social. Pese a todo, te cuento que en este momento existen dos grupos de hermanos que ya han comenzado a trabajar atendiendo a personas en esta situación de soledad. La labor ha arrancado en residencias, principalmente acompañando a ancianos a los que nadie visita, a los que pocos recuerdan. Pero la Piedad no quiere ni puede detenerse ahí. Por eso hay ya un tercer grupo en formación, con la intención de ir llegando poco a poco pero sin desfallecer, hasta más objetivos y más ambiciosos.
Acudo ahora a la frase magnífica que tan bien nos define: ‘La Piedad no es la cofradía que más tiene, pero es la cofradía que más da’. O a esa otra: ‘Cuando todas las puertas se cierran, la Piedad siempre tiene la suya abierta para quien lo necesite’. O a aquella tan rotunda como cierta: ‘La Piedad es Caridad’. Todas estas frases, y más, resuenan en mi cabeza de cofrade de la Piedad casi a diario. Acudo a ellas con el propósito de que no se me olvide quiénes somos y para qué estamos aquí. Leerlas me reafirman, me convencen y me conmueven. Pero, querido diario, son solo palabras. Y en la Piedad simplemente sirven para empujarnos hacia delante, para continuar o para implicarnos. Esto no solo trata de dinero. Ya me entiendes. Quizá el reto más difícil, el más comprometido, sea reconocer esa mácula traicionera entre nuestras propias filas, en alguien con quien convivimos a diario y sin embargo… No es sencillo el tema, pero tampoco imposible. Eso sí, tal vez para detectar los síntomas de soledad en uno de los nuestros, debamos afilar nuestro instinto y reprogramar sensibilidades. Mirar menos con los ojos y observar más con el corazón. A otro filósofo, escritor y poeta, esta vez francés, llamado Paul Valery, se le atribuye una frase que viene al pelo para cerrar el diario de hoy: ‘Un hombre solo siempre está en mala compañía’. Aunque todo podría cambiar si ese hombre solitario tuviera cerca a un cofrade de la Piedad.
Pd: Si con todo lo dicho y explicado se te ha despertado la curiosidad, o aun el instinto piadoso más auténtico, no pierdas un segundo y acércate a la Secretaría de Caridad donde, por supuesto, te informarán sobre esta labor, y muchas otras, más detalladamente y con infinito mejor criterio que el que yo he desparramado en estos párrafos. Y, de paso, no olvides que estamos a poco más de una semana del Domingo de Pasión, el auténtico día de la Madre para un cofrade de la Piedad. Allí, en San Cayetano, durante la misa de la Fiesta de la Titular es donde todo vuelve a comenzar y se renueva el compromiso de esta cofradía con los más necesitados. Ese es el día. Tú, cofrade de la Piedad, ya me entiendes.
Hasta pronto, querido diario.
(Continuará…)










